En febrero, Corazón
Febrero, mes corto y simbólico que casi culmina, suele verse como un respiro tras el largo y económicamente sofocador enero, o como el mes cliché de «el amor». Sin embargo, una observación del entorno social actual, tanto en las interacciones digitales como en el espacio público, revela un clima marcado más por la crispación, la indiferencia y la lucha por la supervivencia que por la empatía.
El «sálvese quien pueda» cuesta sacrificar amor. El egoísmo no sabe de fechas ni de otros sentimientos, aunque febrero llene de corazones inflados e impresos las calles. Por eso, he apostado a rencontrar la pureza en la relectura de Corazón, de Edmundo de Amicis, obra fundamental de la infancia de generaciones, más por necesidad afectiva que por nostalgia.
Leyendo los pasajes italianos de más de un siglo de antigüedad se revelan para examinar carencias actuales. Las virtudes que ilustra el pequeño Enrico, como el respeto a los padres, la bondad espontánea, el reconocimiento al otro, el patriotismo, el debate civilizado, no se sienten como lecciones moralizantes, sino como componentes de un capital social que ni diciembre, ni enero, ni febrero, como meses, logran sanar.
La pregunta no es qué medio usaría De Amicis hoy, si un blog o un reel, sino si el mensaje central calaría en una sociedad hiperconectada pero a menudo desconectada de lo esencial. Lo imagino lanzando un reto en live, convidando a los usuarios a pasar estos 28 días sin sembrar discordia, burla o violencia en cuanto comentario o publicación se haga. Un mes de reconciliación, aunque muchos no puedan pensar ni en cumplirlo par de horas.
El «amor» comercializado en fechas y gestos estandarizados poco tiene que ver con la práctica constante que el libro, en el fondo, ensalza: la empatía como praxis.
El verdadero corazón al que invita la obra no es el comercio de un símbolo impreso ni un motivo decorativo. Es la experiencia vital de la entrega consciente, el servicio desinteresado y la construcción diaria de vínculos.
Corazón es un músculo social que se fortalece no con la parafernalia efímera de globos y flores de cristal, sino con el gesto sostenido, con la decisión cotidiana de elegir la comprensión frente al agravio. Todos tenemos uno, elijamos latir con amor.