Evangelio según las aseguradoras de Nueva York
Desde que llegué a Estados Unidos me he repetido, una y otra vez, como un mantra de inmigrante testarudo, que nada es seguro en esta vida. Lo curioso es que lo hago en el país donde el miedo cotiza en Wall Street y la palabra seguro es un exitoso modelo de negocios. Aquí todo tiene que estar asegurado: la casa, el auto, el perro, el viaje, el tobillo, la demanda futura del vecino y hasta la posibilidad de que alguien se ofenda por un café demasiado caliente.
Lo único que no está cubierto es la decencia.
Hace poco más de un año, un joven desconocido, Luigi Mangione, asesinó a tiros en pleno Midtown de Manhattan a Brian Thompson, CEO de United Healthcare, una de las mayores compañías de seguros de salud del país. El crimen fue cinematográfico. En el sitio encontraron tres casquillos con las palabras deny, defend, depose: negar, defender, deponer. El catecismo de la industria. Niega el tratamiento. Defiéndete en tribunales. Desgasta al enfermo hasta que se canse o se muera, lo que ocurra primero. Pero lo interesante no fue solo el crimen, sino la reacción de la gente. Gran parte de los norteamericanos justificó el asesinato y convirtieron al asesino en una especie de Robin Hood urbano. Cuando el resentimiento popular se alinea con un homicidio, uno entiende que algo no funciona en el sistema. Porque el negocio del seguro en Estados Unidos no protege: administra el riesgo ajeno y capitaliza el miedo propio mientras las primas suben sin una explicación clara.
Pepe Grillo siempre alega contra los seguros o general liability, que cada contratista debe tener en Nueva York. Son francamente abusivos, pero como él dice “en una ciudad como esta, hay que tener seguros”. Es una cadena que encarece todo: los servicios, los contratos, las reparaciones. Cuando trabajaba en su empresa, en invierno debíamos limpiar la nieve y hielo en las veredas de los edificios de sus clientes en Manhattan, una y hasta dos veces al día. Todo para evitar que aparezca algún abogado carroñero con una dudosa radiografía de un cliente accidentado. El ecosistema es perfecto: aseguradoras que elevan costos, abogados que afilan los dientes, ciudadanos que convierten el resbalón en inversión. Una cadena alimenticia donde el pez grande factura al mas chico.
Basta caminar por Manhattan: en cualquier obra en construcción hay más señalizaciones que en un campo minado o el aeropuerto JFK. Conos, luces, cintas, hombres con chalecos fluorescentes indicando cuándo avanzar y cuándo detenerse. Todo diseñado para evitar un juicio. En mi último viaje a París, vi una zanja protegida apenas por una valla de madera. Nadie parecía contemplar la posibilidad de enriquecerse por tropezar con su propio descuido.
La cultura del disclaimer es la verdadera literatura nacional. Las instrucciones de cualquier producto parecen escritas por un comité de idiotas. “No introduzca el secador en la bañera”. “No consuma el detergente”. “No seque su mascota en el microondas”. El país que llegó a la luna necesita advertir que el café puede estar caliente. ¿Qué pasó en el camino?
La semana pasada asistí a uno de los encuentros en español en la Biblioteca Publica Stavros Niarchos. Me reuní con Óscar y Edgard, dos amigos del ambiente literario. Óscar trabaja en el consulado chileno. Es poeta y escribe versos con la esperanza de publicarlos algún día. Su padre acaba de fallecer en Chile y quería verlo para darle el pésame. Edgard, flota por Nueva York promoviendo libros de sus amigos escritores, comprando sus ejemplares y promocionando sus presentaciones. Edgard está en todas partes. Por ello yo le he bautizado como el promotor literario de Nueva York.
Al salir de la Biblioteca Pública, cerca de las siete, Edgard nos presentó a Francisco, un periodista peruano que —según él mismo nos contó— dirigió la revista Caras en Lima y que cojeaba al caminar. Llegó a Nueva York hace ocho meses para estar junto a su hijo. Nos dirigimos a paso lento hasta el Pret A Manger frente a Bryant Park. Yo me fuí conversando con Oscar y Edgar, más atrás, con Francisco. En apenas dos cuadras, el frío me congeló el rostro. Al llegar, pedí una sopa de lentejas y café para entrar en calor. Nos sentamos junto a la ventana, con vista a ese templo de comida saludable llamado Whole Foods. Después de unos minutos hablando sobre el catastrófico estado del país y de las redadas raciales en contra inmigrantes hispanos, Edgard le preguntó a Francisco por qué cojeaba tanto.
Sucedió durante el verano pasado. Nos dijo que paseaba en bicicleta con su hijo cerca de Central Park. Iban por la ciclovía cuando, en la calle Cincuenta y Nueve, un auto lo atropelló y le fracturó la pierna derecha. El mismo conductor lo llevó al hospital NYU Langone. La fractura requería varios meses de recuperación.
Mientras escuchaba, no pensé en el dolor, sino en si tenía seguro médico y en los ceros de la factura del hospital.
—Fue muy cara —dijo, como adivinando lo que estaba pensando.
Un amigo le consiguió un abogado especializado en accidentes de bicicleta. La secretaria le pidió los datos del vehículo. Una hora después, el abogado lo llamó:
—Tenemos un buen caso.
—¿Por qué?
—Porque el auto pertenece a una empresa de transporte de lujo. El seguro es millonario.
En ese instante, Óscar interrumpió para contar la historia de un chileno que demandó a una constructora por un accidente laboral. El abogado, especialista en accidentes de trabajadores de constructoras, estaba tan convencido de ganar el caso, que le pagó ocho mil dólares mensuales para que no abandonara la demanda; le compró auto y hasta una casa. Al final ganaron casi cinco millones. El abogado se quedó con más del treinta por ciento.
Francisco agregó otro dato anecdótico: en una de las tantas citas para su tratamiento de recuperación en el hospital, un paciente de la camilla contigua se lamentaba porque el auto contra el que se había lanzado —lo confesaba sin vergüenza alguna— tenía un seguro de apenas veinte mil dólares. Mala puntería. En este país hay que lesionarse de forma estratégica.
La conversación cambió de política interna y redadas a pólizas, demandas, deducibles y porcentajes. Cuando salimos, pasadas las ocho, el frío había recrudecido. En Bryant Park, la gente patinaba en la pista de hielo artificial, y otras caminaban bebiendo chocolate caliente. Todo parecía naturalmente festivo, apacible y romántico, como si las fiestas de fin de año intentasen mantenerse para sostener ese presuntuoso slogan de la ciudad que nunca duerme.
Ellos se fueron en dirección al subway. Yo decidí, a pesar del frío, caminar hasta mi departamento. Y, a diferencia de otras noches, antes de cruzar cada calle me detuve a mirar con atención en cada esquina. En esta ciudad, después de todo, cruzar una calle también puede convertirse en un inescrupuloso análisis de mercado.
Manhattan, 22 de febrero de 2026.