Houellebecq profetiza el final de Occidente
No es precisamente Michel Houellebecq partidario del bucolismo de Garcilaso de la Vega o, qué sé yo, del ludismo romántico y naïf de Luis Alberto de Cuenca. Para quien no haya leído nunca al polemista francés, le basta con saber que su última novela se titula «Aniquilación» (Anagrama, 2022) para hacerse una idea del nihilismo que se gasta el tipo. Tampoco se quedó corto con su antepenúltima obra de narrativa, la popularísima distopía «Sumisión» (Anagrama, 2015), donde pronosticaba una Francia arrodillada voluntarimante, entregada y «sometida» al Islam.
Pero, a pesar la negrura con la que pinta el devenir, hasta la fecha Hoellebecq siempre había dejado una ventanita abierta a la esperanza, esa «posibilidad de una isla» (Alfaguara, 2017), como titula una de sus mejores novelas –a mí parecer–, la cual se desarrolla buena parte en la provincia de Almería. Sin embargo, será acaso porque pasado mañana (26 de febrero) cumple setenta años, el autor de la gourmet «El mapa y el territorio» (Anagrama, 2011) está a punto de publicar –el 4 de marzo con la editorial gala Flammarion– la obra menos esperanzadora y más nihilista de su trayectoria: se trata del poemario «Combat tojours perdant» («Siempre una lucha perdida»).
Se compone «Combat tojours perdant» de cuarenta poemas cortos siguiendo una estructura clásica (hemistiquios y alejandrinos), de los cuales doce ya fueron publicados en una revista literaria anual francesa. Sus títulos son de lo más elocuentes, verbigracia: «En un país a la deriva», «Tristes acantilados», «Esperando al invasor» o «Fin de partida». En resumen, por lo que ha adelantado el diario «Le Figaro», Houellebecq viene a decir que abandonemos toda esperanza, que Occidente con sus valores cristianos y su cultura democrática se va al carajo, y que los bárbaros –siguiendo de alguna manera la teoría del Gran Reemplazo– están a las puertas.
Por si fuera poco, el popular autor se ha grabado recitando los poemas con voz depresiva y música apocalíptica de fondo. La experiencia debe ser como leer a Cormac McCarthy mientras se escucha un disco de Perales.