Mourinho empezó a perder la eliminatoria (3-1, global) en Portugal y discípulos en Madrid, cuando veladamente criticó la celebración de
Vinicius en Da Luz, cuya consecuencia fue la respuesta racista u homófoba, que tanto da, del gamberro
Prestianni. El alborozo de Vini es inversamente proporcional a su calidad; sus celebraciones no ofenden, lo que jode al graderío local es que se muestre soberbio y prepotente y sea incapaz de contenerse, en gestos y palabras. Mou defendió a su pupilo criticando al brasileño –lo común en nuestra sociedad: insultar al contrario en lugar de pedir perdón por nuestros errores– y así redujo el número de seguidores madridistas que después de tantos años continúan adorándolo. Aunque el mito se cae, se inclina, ni se derrumba ni desaparece porque una secta jamás pierde la totalidad de sus apóstoles.
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