Todavía cantamos y resistimos: lecciones con Víctor Heredia en Sala Master
“Quería arrancar con esta canción porque así arranca la vida, ¿no? La vida que a uno le han prestado, la que nos han regalado”, dice Víctor Heredia a pocos segundos de haber ejecutado el último acorde de “La guitarra” ante el silencio penetrante de un público que escucha, atento, lo que uno de los cantautores más importantes de la región tiene para decir.
Heredia continúa: “No tuve al principio, como ustedes habrán entendido a través de esta canción, una muy buena relación con mi viejo. Era uno de aquellos, de esa generación en la que todo daba vergüenza. No se les permitía a los niños hablar en la mesa, no había demasiados abrazos ni besos: eran duros“.
Sin embargo, el amor del padre se reveló cuando, a sus diez años, llegó con una guitarra de “sonora madera, misteriosa y ancestral” envuelta en un papel. Un gesto de ternura que no solo definiría el recuerdo de un progenitor severo, sino que también terminó de dibujar una vocación musical que hoy, 70 años después, sigue alzando al argentino entre lo más alto del canto latinoamericano.
Lo sucedido en el escenario de la Sala Master de Radio Universidad de Chile este miércoles 25 de febrero tuvo mucho de aquello: complicidad, un tejido de recuerdos y canciones que evocaron lo mejor de su cancionero con el acompañamiento sobrio de dos guitarras y un teclado. Cada pausa era un relato; y cada relato, el preludio de una melodía que parecía llegar desde algún lugar remoto de la memoria.
Víctor Heredia en Sala Master de Radio Universidad de Chile. Foto: Catalina Araya Rojas.
Esa noche, el centenar de auditores que repletaron las butacas de la sala también fueron confidentes del artista, abierto a compartir algunas de sus reflexiones más hondas sobre la vida y su curso. Por ejemplo, la visión de la amistad como una patria íntima. “Nos juramos de por vida ser amigos fieles”, cantó en “Tiernamente amigos”, y el verso se expandió por la sala como una promesa antigua.
Habló de la ternura de la infancia, de los pactos adolescentes que se escriben sin tinta pero con fuego, de las relaciones paternales y del paso del tiempo como ese río que todo lo transforma y, sin embargo, deja intactos ciertos nombres y voces.
Por todo lo anterior es que no hubo solemnidad, sino cercanía y emoción. Así, pasaron canciones como “Dulce madera cantora” y “El viejo Matías”, que él mismo considera la mejor canción de amor que ha escrito.
Víctor Heredia en Sala Master de Radio Universidad de Chile. Foto: Catalina Araya Rojas.
Cuando llegó el momento de la samba “Para cobrar altura” —la misma con la que lo conoció al inmortal Atahualpa Yupanqui—, resonó una frase que el mismo artista le expresó en uno de sus primeros encuentros, y que atravesó la velada como advertencia y ética: “Lo que digas con la boca lo tendrás que aguantar con el cuerpo”. Y es que, en efecto, palabra y canción son una misma materia para músicos como Heredia, y es esa misma coherencia la que ha marcado su trayectoria.
El punto de inflexión llegó con “Ojos de cielo” y “Mara”, recibida con aplausos espontáneos que interrumpieron la música como un abrazo colectivo. Desde allí, el repertorio comenzó a desplazarse hacia un territorio más combativo, recordando que la historia latinoamericana es una herida que aún canta.
La progresión fue clara: de lo íntimo a lo colectivo, de la evocación familiar a la denuncia social. “Razón de vivir” encendió ese tránsito, y cuando llegaron los versos de “Como la cigarra” —popularizada por la emblemática Mercedes Sosa— la sala entera pareció respirar al unísono: “Tantas veces me mataron, tantas veces me morí. Sin embargo estoy aquí, resucitando”, coreó el público en lo que, a ratos, también era una declaración de supervivencia.
En la recta final, “Bailando con tu sombra”, “Sobreviviendo” y el bis con “Todavía cantamos” —grabada originalmente junto a León Gieco— sellaron la noche con una certeza: cantar es resistir. Víctor Heredia no ofreció un espectáculo para el olvido inmediato, sino una ceremonia de memoria y afecto.