San Fries: las patatas que han conquistado el centro de Madrid
En la calle Mayor, en el número 44, a pocos pasos de la Plaza Mayor y muy cerca del Mercado de San Miguel, hay una escena que se repite casi a diario: una cola que avanza despacio y termina frente a un mostrador del que no dejan de salir conos de patatas fritas. San Fries se ha convertido en uno de los lugares más frecuentados de la zona. Y lo ha hecho vendiendo un solo producto: patatas.
La propuesta parece sencilla, pero en realidad está muy
elaborada: patata fresca, nacional y de temporada, lavada y
pelada a mano; doble fritura (primero pochado, después el golpe final
para lograr el crujiente) siguiendo la técnica que popularizaron Bélgica y
Holanda; salsas traídas directamente de allí y toppings
deliciosos que forman parte del resultado: jamón ibérico de bellota, chorizo de
Salamanca, parmesano. Todo sin gluten y, en su mayoría, sin lactosa.
Del traje al delantal
Detrás de esta aventura se esconde una bonita historia
personal. Durante más de 30 años, Javier San Pío trabajó en banca.
Su carrera estaba consolidada, pero empezó a sentirse desmotivado. Si echa la
vista atrás, lo explica así: "Desde niño siempre he tenido inquietud
empresarial. Siempre estaba pensando en ideas de negocio, en cómo montar algo
propio". Tras décadas en el sector financiero, llegó un punto de
inflexión: seguir en su zona de confort o arriesgar para perseguir su intuición.
Eligió lo segundo. "Llegó un momento en que tenía que
elegir entre seguir cómodo o arriesgar para perseguir mi sueño. Igual
fue una locura, pero seguí mi corazón”. Cogió sus ahorros y dedicó más
de un año a viajar, analizar posibles modelos, hacer números y descartar ideas.
El detonante fue casi casual. Uno de sus hermanos le habló
de unas patatas fritas que había probado en Lisboa. A partir de ahí, comenzó
a investigar el concepto y detectó que, en España, país donde las patatas
forman parte del día a día, no existía una propuesta especializada y
trabajada con el nivel que había visto fuera.
Decidió comprobarlo sobre el terreno. Viajó a Lisboa,
después a Ámsterdam y Bruselas, consideradas la cuna de la patata
frita. Observó procesos, habló con proveedores, probó variedades, analizó
cortes, temperaturas, aceites...
Cuando regresó, el análisis fue empresarial: números,
ubicación, escalabilidad, costes. Cuanto más profundizaba, más sentido
encontraba al proyecto.
Así nació el primer San Fries, que aterrizó en el Mercado
de Maravillas. Allí, lejos de las colas actuales, había días en los que
apenas vendía diez conos y pasaba horas esperando a que alguien se acercara al
mostrador. Esa etapa, vivida con incertidumbre y dudas sobre si el proyecto
tenía sentido, terminó siendo el banco de pruebas imprescindible para
sostener el éxito que hoy se ve en la calle Mayor.
Allí afinó el producto como si estuviera en un laboratorio:
probó decenas de variedades de patata, ajustó tiempos de lavado, corte, pochado
y fritura, estudió cómo afectaban distintos aceites, testó combinaciones de
salsas y toppings…
"Hubo dudas y muchas tentaciones de
abandonar", admite. Encontrar un local en la zona adecuado fue
complicado. "Pero sin ese tiempo de aprendizaje no habría podido
asumir el ritmo actual", sostiene.
Calle Mayor 44: la última bala
Cuando apareció el local en la calle Mayor 44, al lado de la
Plaza Mayor, tomó la decisión definitiva. Invirtió todo lo que tenía y
participó personalmente en la obra de acondicionamiento.
La respuesta no se hizo esperar. Las colas empezaron desde
los primeros días y hoy forman parte del paisaje. En jornadas normales salen
alrededor de 600 kilos de patatas, y aun así hay días en los que se
agotan antes de la hora prevista.
El lema, "abrimos hasta que se terminan las
patatas", no es marketing. Es su forma de trabajar. Prefiere cerrar
antes que sacrificar calidad o forzar a un equipo que considera uno de
los activos principales del negocio.
“El secreto es respetar la materia prima, el proceso, al cliente y al equipo. Ser honestos siempre”
Javier lo repite con frecuencia: "No hay ningún
secreto". Es muy simple: "El secreto es respetar la patata, el
proceso, la materia prima, al cliente y al equipo. Ser honestos
siempre", afirma. Para él todo pasa por el respeto: a la patata, al
proceso, a la materia prima, al cliente y al equipo.
Trabajan con patata española y de temporada, lo que
implica cambiar de origen a medida que avanza el año. Ahora es gallega; más
adelante será del sur. Eso obliga a ajustar parámetros y a no acomodarse. La doble
fritura es innegociable. Las salsas llegan de Holanda. Los toppings
no son un reclamo superficial: el jamón es ibérico de bellota, el
chorizo procede de Salamanca. Todo suma.
Un negocio familiar
San Fries es, además, un proyecto familiar. Sus hijos
(María, Javier y Álvaro) trabajan en el local como cualquier otro miembro del
equipo: lavan, cortan, fríen y atienden. No es raro verlos organizándose, pendientes
de la freidora, reponiendo conos o atendiendo a la clientela.
Para su padre, es esencial que conozcan el negocio desde
abajo si algún día quieren asumir responsabilidades mayores. Más que un
gesto simbólico, es una manera de transmitir cultura de empresa.
Cuando se le pregunta qué tendría que ocurrir dentro de unos
años para sentir que todo esto valió la pena, no duda: "Ya lo siento así.
Solo el viaje ya está mereciendo la pena". Y si tuviera que definir
San Fries como una emoción, lo tiene claro: "Hogar."
“Más allá del crecimiento o de la expansión futura,
el simple hecho de haberlo intentado y de haber llegado hasta aquí ya compensa
el salto”, concluye.