Gregorio Salvador estudió para una conferencia de 1980, que después acabó en libro ('Lengua española y lenguas de España', Ariel, 1987) un concepto que, a su entender, faltaba en los estudios de la lengua, donde la gravitación afectiva del idioma materno ha definido nuestra relación con la cultura. La intuición del recordado académico de la RAE era lúcida. Partía del concepto de 'lealtad lingüística', de Uriel Weinreich, para acuñar a continuación el de 'deslealtad lingüística', un invento netamente español. Así la formulaba: «Me refiero a la deslealtad del monolingüe castellano que, en determinadas regiones, se siente inclinado a renegar de su propia lengua materna, única que posee, inventándose un supuesto desarraigo de otra lengua que nunca, por lo demás, ha poseído». ¿Piensan ustedes al leer esto, medio siglo después, en María Jesús Montero y su ensoñación de una ley para la lengua andaluza inexistente? Yo también. Tiempo atrás se espurreó la mala prensa del español en otras regiones como lengua 'imperialista, usurpadora, glotófaga', y últimamente, se ha sumado el entusiasmo de los militantes de la tristeza regionales, que insultan a nuestra lengua común y asociándola con conceptos como 'facha', o incluso ' decolonizable '. Tener lengua propia fue una legítima baza política para algunas regiones en la Transición (y antes también). Pero cuando la deslealtad halló presupuesto, se volvió implacable. Y así vemos hoy que muchos que reprochan a la derecha su poca sensibilidad hacia lenguas cooficiales del Estado son a su vez implacables al promover la desaparición del castellano en los ámbitos oficiales (sanidad, docencia, burocracia) o hicieron la vista gorda ante su discriminación educativa en las taifas que elevan a rango de ley la mala prensa de entonces. María Jesús vive su deslealtad como un pecado venial, pero suena todo tan antiguo que raya en la infidelidad lingüística. Mejor poliamor , está más de moda este concepto, y si se puede con música de Bad Bunny.