Una chapa «Free Palestina» y un piropo a Sánchez
Por lo visto repartían distintivos propalestinos a la entrada de la gala de los Goya, cuyos protagonistas –que se empeñan cada vez con más ahínco en superar la parodia de «Las noches de Ortega»–, lucían con orgullo en la solapa y devolvían, a cambio del pin con forma de sandía, otra chapa a favor de la causa Palestina. Era este emblema sin duda un magnífico detector de gente del mundo del cine comprometida con la inteligencia: los cuatro que no lo llevaban, esos son los inteligentes.
Luis Tosar y Rigoberta Bandini, los presentadores de la 40ª edición, fueron aún más lejos portando directamente un pin con la bandera del país árabe en el ojal. Además, abrieron estos fuego comenzando la gala con la turrita clásica progre contra toda forma de violencia menos contra la etarra que, aunque discursaron con la excusa o la percha del recuerdo de las manos blancas de José Luis Borau, la omitieron conscientemente. Se ve que los memoriosos históricos padecen vista cansada.
Habló Susan Sarandon, y aunque esta vez no tuvo un piropillo para el presi Sánchez–en el lado bueno de la Historia y en su salsa–, sí afirmó que cuando viene a Barcelona recupera la «lucidez moral», signifique eso lo que signique, y encima en referencia a una ciudad que genera una fuerte claustrofobia entre indepes, Évoles, Colaus y compañía.
También vino una directora argentina a decirnos que venía del futuro –como si en Buenos Aires no fuesen cuatro hora más tarde que en España– «donde la ultraderecha vino a destruirlo todo». Hombre, todo no, pero si la motosierra podara un poquito algunos de estos discursos se agradecería, que la gala empieza en febrero y acaba en octubre: la sensación de que dura un mes no es tal, sino una realidad.
Franco y Urtasun
Menos mal que vino otro señor, responsable de «La cena», a decirnos que Franco fue un dictador. Solo faltaría que saliese uno a decir que Sánchez es un mentiroso, que el fuego quema o que ha llovido este invierno. Se habló, por cierto, tanto vasco y catalán que aquello parecía el Congreso pero sin pinganillos. Hubo una actriz, eso sí, que habló en murcirano..., lo que pasa es que era sorda.
A Urtasun no debieron caerle demasiado bien las palabras de Albert Serra, que lucía unas gafas como las de Maduro en el avión de la Armada estadounidense. El director de «Tardes de soledad», catalanísimo como Plà y librepensador, dijo que «La película, de una manera muy modesta, toca un tema muy interesante, que es cuando lo político y lo ideológico chocan con la intimidad».
Estuvo bárbaro también Antonio Fernández Gabarre, el chaval gitanillo que protagoniza «Ciudad sin sueño», quien en sus palabras sin pretensiones ni tonterías, acordándose de la Cañada Real y de los Fernández, dio una lección de autenticidad. Ganaron «Los domingos» y el comentarista Carlos del Amor se vanagloriaba en que la gala se había acortado en 20 minutos. Menos mal. Gonzalo Suárez aún seguía perorando al cierre de esta edición.