El "Kilómetro Cero" ya tiene dueño: Rodrigo Cobo
La tauromaquia, en su estado más embrionario, suele pecar de un exceso de revoluciones que confunde el valor con la precipitación. Sin embargo, lo vivido este domingo en la plaza de Valdemorillo con Rodrigo Cobo fue la antítesis de esa norma no escrita. El espada de la Escuela de Colmenar Viejo no solo se llevó el trofeo del certamen "Kilómetro Cero", sino que impuso una propuesta de madurez y estructura que contrastó con el voluntarismo, a veces desordenado, del resto del cartel. Cobo no toreó para el aplauso fácil, sino para el triunfo sólido, aquel que se construye desde la colocación y el respeto a los tiempos del animal.
El tercer novillo de la tarde, con el hierro de La Machamona, exigía un planteamiento claro y el de Torrelaguna lo leyó desde el saludo por verónicas. Hubo en su trasteo un sentido del orden que recordó a los profesionales ya cuajados: sacarse al eral a los medios doblándose por el derecho para, una vez allí, encontrar la distancia exacta por el pitón izquierdo. Fue por ese lado por donde la faena cobró una dimensión superior, con muletazos ligados y un temple que aplacó la movilidad del astado. La oreja concedida tras una estocada efectiva no fue un regalo de la presidencia, sino el acta notarial de una superioridad técnica evidente.
El contraste más amargo de la tarde lo protagonizó Israel Guirao. Si el toreo fuera exclusivamente una cuestión de sensaciones y plasticidad, Guirao habría salido a hombros. Su labor con el cuarto de la tarde tuvo pasajes de una brillantez que rozó la excelencia, especialmente en naturales de mano baja que encendieron los tendidos. Pero la suerte suprema es el juez más severo de este oficio; los pinchazos y el aviso borraron de un plumazo un premio que ya estaba en su mano. Su vuelta al ruedo fue de ley, pero dejó ese regusto a oportunidad perdida que solo el tiempo y la constancia logran curar.
La tarde comenzó con la declaración de intenciones de César de Juste, quien se fue a los medios para recibir al primero con dos largas de rodillas. Fue una faena de entrega absoluta, premiada con una oreja tras una estocada entera que premió su capacidad de conexión con el público desde el primer minuto. Junto a él, Rubén Vara puso el toque de espectacularidad al irse a recibir al cierraplaza a portagayola y banderillear con soltura. Pese a que el acero también le jugó una mala pasada, su concepto hondo por el pitón izquierdo dejó claro que en la escuela madrileña se sigue cultivando el trazo largo y profundo.
En el capítulo ganadero, la competencia entre Flor de Jara y La Machamona fue el motor que permitió el lucimiento de los chavales. El hierro de Flor de Jara, finalmente designado como triunfador del ciclo, ofreció animales con esa movilidad encastada que exige pero recompensa. La regularidad de sus erales permitió ver diferentes conceptos del toreo, desde la sobriedad de Jaime de Pedro —que dejó dos tandas naturales de gran poso antes de fallar con los aceros— hasta los detalles aislados de Armando Rojo, quien cerró su actuación con los mejores pasajes al final de su trasteo por el pitón izquierdo.
Al caer la tarde en Valdemorillo, el veredicto del jurado solo vino a confirmar lo que se respiraba en el ambiente: la victoria de la solvencia. Rodrigo Cobo sale de "Kilómetro Cero" con la vitola de triunfador y con la lección aprendida de que el toreo es, ante todo, una cuestión de inteligencia frente al espejo de la bravura. En un escalafón donde sobran los gestos y faltan las ideas claras, su actuación ha sido un soplo de aire fresco por su capacidad para simplificar lo complejo y ejecutarlo con la seriedad que exige el traje de luces.