En un mundo donde las juventudes giran a la derecha, ¿qué pasa en México?
En varios países del mundo se está rompiendo una idea que pareció incuestionable por décadas: que ser joven equivale automáticamente a ser progresista.
En las Américas y algunos países europeos se observa una tendencia clara: los hombres jóvenes se inclinan cada vez más hacia posiciones conservadoras, mientras que las mujeres jóvenes se mantienen o incluso profundizan posturas progresistas. La brecha de género es hoy más marcada que en generaciones anteriores.
En Estados Unidos, entre personas menores de 25 años, la diferencia de apoyo entre mujeres y hombres hacia el Partido Demócrata supera los 20 puntos porcentuales; después de esa edad, la brecha se reduce a entre 8% y 10%. En Argentina, 40% de los hombres jóvenes considera que el feminismo promueve el odio hacia los hombres, frente a un 17% de las mujeres.
La fractura no solo es electoral, sino que también atraviesa temas como diversidad sexual, migración, confianza en las instituciones y democracia.
¿Los motivos?
Algunos analistas hablan de un “efecto búmeran” frente al avance del feminismo y los derechos de las minorías. El sociólogo Michael Kimmel lo describe como una reacción basada en la percepción de pérdida de privilegios: jóvenes que sienten que el progreso de otros ocurrió a costa suya.
Ese malestar encuentra eco en las redes sociales: movimientos como MGTOW (Men Going Their Own Way), surgidos en foros en línea, promueven la idea de que los hombres deben apartarse de relaciones afectivas con mujeres para protegerse de supuestos riesgos legales o sociales. En paralelo, liderazgos de ultraderecha han sabido capitalizar este agravio generacional con discursos que cuestionan políticas de igualdad.
Sin embargo, México muestra una desviación relevante respecto de esta tendencia.
Aquí no se observa una migración masiva de juventudes hacia la derecha. Por el contrario, en la elección de 2024, más del 50% de las y los menores de 30 años respaldó el proyecto de la Cuarta Transformación.
¿Por qué México mantiene un apoyo juvenil relativamente sólido hacia un proyecto de izquierda?
Parte de la respuesta puede encontrarse en políticas públicas que volvieron tangible la relación entre Estado y juventud.
Por mencionar algunas: las becas Benito Juárez ampliaron su cobertura con una inversión superior a 80 mil millones de pesos, pasando de 2.58 a 4.2 millones de beneficiarios en educación media superior y reduciendo la deserción de 14.2% en 2018 a 8.7% en 2023.
Jóvenes Construyendo el Futuro ha beneficiado a más de 3 millones de personas, ofreciendo capacitación de hasta 12 meses con un apoyo mensual equivalente al salario mínimo y acceso a seguridad social.
Con este conjunto de políticas, la tasa de desocupación juvenil entre 15 y 29 años pasó de 6.8% en 2019 a 5.1% en 2024.
A diferencia de lo que ocurre en otras democracias donde las y los jóvenes enfrentan precariedad, deuda estudiantil creciente y salarios estancados, en México la percepción de movilidad social comienza a cambiar. La recuperación del salario mínimo, la reducción de la pobreza y la expansión de programas sociales han construido un horizonte material promisorio para millones de jóvenes.
Esto también incide en otro terreno sensible: el de los incentivos económicos frente a la delincuencia. Un reportaje del medio Vanguardia documenta que un joven reclutado por el crimen organizado puede percibir entre 10 mil y 12 mil pesos mensuales, una cifra que hoy compite directamente con lo que ofrece el salario mínimo formal, que supera los 9 mil 500 pesos mensuales más prestaciones y seguridad social. Cuando el empleo formal ofrece ingresos comparables, estabilidad y derechos, el atractivo del crimen organizado pierde terreno.
Aún hay desafíos por resolver: persisten problemas de inseguridad, crecimiento económico y desigualdad territorial, pero el dato político es relevante, y es que el Estado volvió a aparecer como generador de oportunidades y no únicamente como administrador de carencias.
Esa puede ser hoy la principal diferencia entre México y otros países: mientras en algunos contextos la brecha de género alimenta una deriva conservadora entre hombres jóvenes, en México el voto juvenil mayoritario continúa apostando por gobiernos de izquierda, con una mirada centrada en garantizar derechos y bienestar social.
Ese vínculo entre gobierno y sociedad es valorado en el día a día y, claro está, también en las urnas.