Antonio López: «Casi todo mi trabajo es un canto de amor»
Los ojos de este hombre enmarcan el mundo de un modo distinto al del resto de los mortales, a otra velocidad, con unos matices y una luz que convierten lo contemplado en un territorio que cualquiera reconoce pero que es enteramente suyo, personalísimo, como la huella digital o la dentadura. Maestro absoluto del realismo es, quizá, el pintor español vivo de mayor entidad y quien mejor ha retratado a la fiera Madrid, que desde el balcón de su mirada pierde su condición de ciudad/grito y se vuelve una estampa melancólica. Siguen siendo muchos los proyectos, tanto de pintura como de escultura, en los que este artista de 90 años trabaja en la isla de su taller, de espaldas a la tiranía del reloj y guiado tan solo por una perseverancia indestructible que conduce a la excelencia. Entre sus planes más inmediatos figuran una pequeña exposición, a mediados de abril, que la Casa de Cultura Les Bernardes, en Girona, dedica al trío compuesto por su tío Antonio López Torres, él mismo y la que fuera su mujer durante 60 años, la pintora María Moreno, integrante, también, del grupo de pintores realistas madrileños y fallecida en 2020. De ella se inaugurará además una retrospectiva itinerante que arranca en el Museo del Realismo Español Contemporáneo (MUREC) de Almería y donde se expondrán a su vez obras de Antonio López, quien charla con LA RAZÓN de su oficio y otras cuestiones fundamentales con una sinceridad y una agudeza plausibles.
Cuando las cámaras fotográficas digitales han logrado mejorar el ojo humano, usted sigue apostando por la pintura del natural.
Eso de que mejoran el ojo humano es mucho decir, ¿eh? Eso no es verdad. Vamos a partir de algo que no sea eso, porque si no… Es que el ojo va unido a la cabeza, y eso es mucho.
¿Se considera el último de una especie?
No, hay más gente. Hay bastante gente. Y yo estoy entre ellos, claro. Cada día la luz es distinta, pero vas a la misma hora. Si quieres pintar así. Porque no es una obligación, es una elección que hacemos algunos. Y no es una manía, es un poquito más que eso. Pero la pintura del natural no la he inventado yo, existe desde hace ya siglos. Mira el busto de Nefertiti: seguro que estaría la reina por allí para que el escultor pudiera mirar cómo era.
Pero hay una cosa que se llama comodidad, y hoy muchos pintores prefieren trabajar sin moverse de casa.
Bueno, pero en la política también hay gente cómoda y gente que no hace lo que debe hacer.
El tiempo es clave en el arte en general, aunque usted se demora más de la cuenta. «El hombre que camina», encargo de la ciudad de Albacete, continúa inconcluso tras 17 años.
La tengo que acabar, sí. Falta trabajar la cabeza... Tardas porque se enreda todo mucho. Y no puedo hacer eso que llaman los toreros una faena de aliño. Quiero encontrar un momento de entrega y acabarla bien, porque es complicada. El límite de lo acabado es lo que tú decidas. En otras cosas no. En una operación de próstata no es lo que el médico decida, es lo que tiene que ser. Pero ¿cuál es el límite de un pintor? Pues eso. Lo decides tú. Si eres un pintor honrado y te gusta tu trabajo, te entregas todo lo que puedes. Ese es mi caso. Velázquez corrigió trabajos suyos; algunos bastante después de haberlos pintado porque los tenía cerca, estaban en Palacio. Pero cuando la obra sale de tu estudio, eso ya se acabó, deja de pertenecerte. Ahora, se lo puedes pedir. Decir: «Oye, por favor, déjamelo, que lo voy a mejorar un poquito». Yo lo he hecho. Algunas veces se puede mejorar, otras no. Otras nacen de tal manera que no es mejorable.
Pero en su caso, conociéndole, le dirían: no, no, porque se lo va a quedar tres años…
Pues sí, claro –ríe–. El que se acerque a mí ya sabe más o menos lo que hay. Pienso que eso puede ser hasta una caricatura de lo que soy.
Desde su punto de vista, lógico en un artista, todas sus obras estarían inacabadas.
Hay un bloque de trabajos míos, basado en espacios muy privados, de los que yo tenía mucho control, de habitaciones mías o de un familiar cercano, en los que podía llegar hasta donde ya no podía más. Pero cuando vas a la Puerta de Sol a pintar, ¿cómo vas a acabar? ¿En qué consiste acabar? Es inagotable. Entonces lo pones en marcha. Ya ponerlo en marcha es un aviso importante para el espectador, señalar un espacio. Creo que eso es lo verdaderamente importante. Y luego vas marchando hasta donde te dejen el tema, tu salud, tus fuerzas, los demás. Pero que el punto de partida sea bueno, verdad, sea verdadero. ¿Y qué es ser verdadero? Pues es que, claro, a ver cómo se mide eso. Verlo no es fácil.
El trabajar así una pintura es como una relación sentimental. ¿Cómo se retiene el amor después de tanto tiempo?
Si desaparece, dejas el cuadro. Es una relación amorosa, sí, claro. Debe ser eso. Aparte de eso es tu oficio. Y a mí este oficio me gusta, me sigue gustando. Si con el oficio no es suficiente y el amor se va, lo abandonas. Siempre que no medie dinero. Si te han pagado, pues tendrás que devolver el dinero o acabar el trabajo. Pero, generalmente, la pintura de nuestra época se hace fuera del encargo. Es una cosa tuya. No es como una película, que hay que acabarla, o una casa. Una pintura es una cosa muy privada. No cuesta dinero hacerla… cuesta tu vida, nada más –señala, irónico–. Mira, ahí hay un libro de Caravaggio. Casi todo lo que pintó Caravaggio fue de encargo. Si el encargo no te gusta, pues pasas.
No sé hasta qué punto le obsesiona, o le cabrea, el tener la certeza de que hay obras que no podrá acabar.
No me preocupa nada, qué más da. Yo sentiría no poder trabajar o que me lo impidiera alguna dificultad mental o física. Eso me dolería mucho, me haría mucho daño. Ahora, acabar o no acabar… ¿qué es acabar? ¿Qué es acabar algo? Cuando me lo expliquen, pues ya te diré. Yo sé que acabar es llegar hasta donde puedas, eso es acabar. Ahora no hay un lenguaje que pueda decir «acabarlo consiste en esto», como en la época de Alberto Durero o de Holbein o de Van Eyck. Entonces se podía decir, o de un artista griego, lo que era acabar las cosas. Pero ahora acabar, ¿qué es? Ahora es ponerlo en marcha y crear algo que emocione. Si consigues eso, ya está. ¿Hasta dónde puedes llegar? Pues es que cuando va unido a esa dependencia con el mundo real, dependes de muchas cosas. El mundo real no está a tu disposición.
Madrid
Su obra más famosa, «Gran Vía», ¿cuánto tiempo le llevó?
Desde que lo empecé hasta que lo terminé, pues unos cinco años [la información oficial que circula habla de siete años].
¿Madrid ha sido, es, una obsesión?
Yo no tengo obsesión por Madrid. Mi vida ha transcurrido aquí. Picasso se marchó a París. No le bastó España, tuvo que irse a Francia.
Quizá sí sintió fascinación por Madrid, que para alguien que venía del pueblo era Nueva York.
No es fascinación. No me siento fascinado para nada, en absoluto.
¿Y «Gran Vía» no es un homenaje?
No es un homenaje. No. Nunca. Es una relación que yo he tenido, no un homenaje. Tampoco es una crítica. No la he puesto oscura porque me pareciera asfixiante.
¿Y no es un canto de amor?
Tampoco. En último caso es un canto de amor al mundo, incluida la Gran Vía y la Puerta del Sol. Al mundo, eso sí. Un canto de amor… relativo.
¿Y el lavabo? [Su célebre obra «Lavabo y espejo», y aquí el artista se replantea la cuestión].
Es un canto de amor también. Claro. Casi todo es un canto de amor. Es una forma de hablar un poco… simplona, pero es un poco así. Hay otros trabajos en nuestra época, en la obra de muchos pintores y literatos, que surgen no del odio, pero sí del miedo, de la crítica, de la forma de mirar… En mi caso no. Ahora, yo hago un perro muerto. No es que me guste un perro muerto, pero yendo a un vivero a comprar plantas me lo encontré allí, bajo el sol, y aquello me pareció tan sumamente emocionante que lo pinté... Ha habido siempre un motivo de fascinación o interés o admiración, sí. Algo me ha llevado allí por algo. Ahora, el cuarto de baño un canto de amor… No lo sé.
Ha dicho que sí.
Sí. Sí –sonríe–. Creo que casi todo mi trabajo es un canto de amor. A la española.
¿Y un canto a la vida?
Y un poco a la vida, sí.
Pintura abstracta
¿A usted le tentó alguna vez el abstracto?
No, nunca. Yo lo admiro. Me parece que nos ha enseñado a todos los pintores lo que es la pintura. Y eso tiene una gran importancia, enorme. Los primeros abstractos se jugaron mucho. Fueron gentes muy valientes, muy arriesgadas y muy imaginativas. La pintura pelada está en la abstracción, ahí no hay historias: no hay temas ni desnudos ni dioses ni nada. Es la pintura. Y llegó un momento en que el hombre tenía que llegar ahí, a ver qué pasaba. A mí me gusta como punto de partida el mundo real, pero estimo la pintura abstracta todo, todo, todo. El arte abstracto me parece lo más grande que se ha hecho en el siglo XX de todos los ismos. La pintura abstracta y el surrealismo, las dos cosas. El surrealismo es indagar en las alcantarillas, en los sótanos, en las zonas absolutamente privadas, oscuras. En las zonas inexploradas.
Barceló.
Muy bueno. Es un gran artista.
Muy distinto a usted.
Como debe ser. Claro.
En las antípodas.
Lo de las antípodas no lo sé. Trabajamos los dos sobre el mundo real, por ejemplo. Eso tiene mucho significado.
Sí, pero su interpretación del mundo real es muy otra.
Bueno, claro. Él es más joven y se ha formado en unos lenguajes más explícitos.
Salto a la fotografía: ¿qué le parece Alberto García-Alix?
Con García-Alix me pasa como con Joaquín Sabina, me gusta. Porque es libre, valeroso, porque no es narcisista. O es un tipo de narcisismo que no me molesta. Porque se asoma a las zonas sombrías sin prepotencia.
Cuando oye decir de usted que es hiperrealista, ¿se le abren las carnes?
No, no se me abren las carnes por eso. No es verdad, pero qué más da –ríe–. Depende de quién lo diga. Cuando te dicen que parece una foto, pues qué vas a hacer. No vas a protestar, te pasarías la vida protestando.
¿Cómo han actuado en su pintura otras disciplinas artísticas? La música, el cine, la literatura...
Todo lo que amas, todo lo que te gusta, todo, desde el arte a la vida, alimenta tu persona. En qué medida Bach, en qué medida La Niña de los Peines, en qué medida no sé quién. Son tantas cosas…
Sus obras más conocidas rezuman soledad y desolación. Paisajes urbanos y objetos inanimados. ¿Las maginó, las pensó, antes de pintarlas?
No, no. A mí todo eso me lo despierta el mundo real. Lo que pasa es que tienes que estar preparado para verlo. Eso ocurre cuando tiene que ocurrir. Es como la sexualidad: ocurre cuando tiene que ocurrir, no puede ocurrir antes. Pienso que en el arte, ya desde el Renacimiento, se exagera muchísimo. En lo bueno, en la belleza, en la negrura, en la luminosidad… se tiende a exagerar. Yo trato de no exagerar. Por eso me gusta tanto Velázquez, porque no exagera. Ahí están todas las amenazas, pero no están en la superficie, y a mí eso me gusta mucho ese tipo de arte. Cuando se exagera me gusta menos, en lo que sea. En el dolor, en la alegría, me da igual. Cuando se exagera, en el arte, en la vida, eso es el demonio. Y trato de limpiarme de todo eso.
Velázquez, pintor total
Una de sus mayores influencias es Velázquez. ¿Es el pintor total?
Es el pintor total, sí. Pero hay otros también.
¿Caravaggio?
Lo de Caravaggio es más complejo. Pero es un gran artista. Y está antes que Velázquez, nace antes, y señala un camino. Lo de Caravaggio es algo muy importante. Lo de Velázquez también.
¿Y qué hacemos con Goya?
Pues también es muy importante –ríe–, está muy bien. Pero cada cual tiene sus amores. Y hay sus alturas. Hay ochomiles, sietemiles, cincomiles. Todos son altos. Y luego están los pozos. Los pozos negros. Goya parece más visceral que Velázquez, pero no lo es. Luego hay también mucha teatralidad. En el flamenco y en el arte de la pintura y en la política y en todo. El hombre tiende a veces a pasarse para que se le entienda y se le estime, y llega a la mentira. Y ese es el peligro.
¿«Las meninas» es una obra acabada?
[Largo silencio]. En su época no parecía. A la corte de Viena, los retratos que mandaba de los niños… pues estaban escandalizados, diciendo que quién pintaba eso. Han tenido que pasar… por lo menos hasta Manet. Todo eso se consideraba una pintura apresurada, y ahora lo vemos grande. Velázquez es «Las meninas» pero es también la «Vieja friendo huevos», que, aparentemente, está más terminada, aparecen más datos. Esa evolución es Velázquez y es algo muy grande, muy grande, muy grande. Porque es Velázquez, no porque esté deshecho. Es por lo que pone, no por lo que no pone. Y pone mucho. ¿Él lo sabía? Yo pienso que sí, que Velázquez sabía que ponía mucho. Por eso hizo ese lenguaje. No era un defecto de la vista ni una falta de recursos o una pereza, no. Él sabía que tenía que trabajar así en ese momento. Y dejó por el camino la precisión, esa forma de precisión de sus años primeros.
¿Llegó a ser enteramente consciente de su grandeza?
Creo que sí. Más que Goya. Porque veía a los demás y se daba cuenta de que no pintaban como él de bien, que hacía unos retratos como nadie. Creo que era muy inteligente y la gente muy inteligente intuye su valor. Como Miguel Ángel o Leonardo sabían el valor que tenían. ¡Cómo no lo iban a saber! Claro que sí.
Retrato de la familia del Rey Juan Carlos I
Tardó 20 años en concluir el retrato «La familia de Juan Carlos I». ¿Qué relación emocional mantiene con él?
Pues a mí me gustó estar años con esas cinco personas sin cansarme. Estuve años conviviendo con ellas. Y, bueno, no lo hice del natural, lo hice con fotografías, entonces es un trabajo distinto del que he trabajado directamente de la realidad. Porque mis pinturas surgen del mundo real, y eso es un encargo. Si no te lo encargan, no lo haces. Justamente lo contrario de todo lo demás, que lo haces sin encargártelo y esperando a que haya alguien que lo quiera. Así se ha hecho el arte moderno, fuera del encargo, y por eso se ha bajado a esos abismos y a esos lugares tan, a veces, tremendos, porque no es un encargo y se ha trabajado con esa libertad. Pero el de la Familia Real es un encargo que lo viví muy bien, muy bien. Era como tratar a esas personas, convivir, ya digo, con ellas.
Que es algo que ellos no saben.
Es algo que ellos no saben, claro. Yo lo pienso a veces: «No lo saben, no lo saben…». Pero da igual. El cuarto de baño tampoco lo sabe –sonríe–. He hecho matrimonios, parejas, desde muy joven, y con mucho interés, pero nunca había hecho una familia completa y esa fue una oportunidad, dije que sí por eso. Era la familia de los Reyes, pero era una familia: un hombre, una mujer, un hijo y dos hijas.
¿Recuerda el momento en que le hicieron el encargo, lo que pensó?
Creo que no lo dudé. Y he dicho que no a otros encargos. No fue una alegría propiamente dicha, porque yo he estado haciendo siempre lo que me ha gustado y eso es muy importante, no me han sacado de un charco. Era incorporar algo que, pensándolo así, sobre la marcha, me pareció atrayente.
Que lo eligieran a usted por delante de otros pintores fue toda una declaración.
Bueno. Los nuevos Reyes han elegido a una fotógrafa. A lo mejor no han sido los Reyes, ha sido el Banco de España, no lo sé, pero no han elegido a un pintor.
La vejez
¿Cómo se lleva con el paso del tiempo?
A mí me gusta ser viejo. Estoy muy contento de ser viejo. Lo que pasa es que me duele la espalda y me tienen que operar a veces de cosas… Pero es muy bonito llegar a esta edad porque se apartan de ti cosas y surgen otras que no conocías del todo bien. No solamente pierdes, sino que recuperas espacios, los ganas. Nosotros somos viejos, Europa es muy vieja. Somos ancianísimos. Todos somos muy viejos. Es algo que está decayendo, vamos para abajo. La fe en algunas cosas ha desaparecido. Ha desaparecido de la política casi. Ha desaparecido en las religiones, en los dioses. Queda la naturaleza como algo común por lo que se puede luchar. Y las labores individuales de cada uno.
¿Y la política hoy en día qué es, un negocio?
No, no es un negocio, pero no la está realizando la gente mejor. Ni se están sirviendo de la gente mejor, que está ahí. Podrían servirse de la gente mejor, ayudarse de ella, ¿por qué no se ayudan de la gente mejor si está ahí, a la vista? El ministro puede llamar a cualquiera y hablar con él, informarse y coger opiniones de gente interesante. Eso debería ocurrir. Porque la gente de mucho nivel nunca va a estar en la política, aunque puede colaborar si se lo piden. Pero no quieren hacerlo. Pío Baroja no estaba en la política. Galdós tampoco. Ni Cervantes ni Velázquez. ¿Quién estaba en la política? ¿Azaña? Hubo un momento bueno. Más que gente buena, hubo un momento afortunado donde parecía que podía… Pero tampoco lo hicieron muy bien porque mira en lo que ha desembocado... Tendría que haber sido el principio y no lo fue. Todo fue para abajo a partir de ahí. Porque mintieron también un poquito, se creían los reyes, y eran los reyes realmente.
Su mujer
¿Cómo ha cambiado su paisaje desde que no está María, su mujer?
Todo se consumó. Todo lo que había se consumó. Todo lo que tenía que pasar, pasó, y ya está. Ahí está Mari [señala una foto], nos acordamos de ella y nos quisimos mucho. Fue algo de mi vida muy bueno, muy bueno, muy bueno, a pesar de todas las cosas que pasan en las parejas.
Cosas inevitables.
Inevitabilísimas. La gente se separa enseguida. Lo que pasa ahora no pasaba antes, en el sentido de que antes la gente aguantaba más los malos momentos a ver si las cosas mejoraban. Pero está bien separarse porque mucha gente ni siquiera tiene hijos ahora. Tienen que estar juntos porque la naturaleza lo exige, pero se evitan todo lo que se puede las responsabilidades mayores. Esa es la impresión que tengo. Se nota cómo cada vez hay menos niños y más viejos. Pero es nuestra época, yo qué sé. Mis abuelos maternos tuvieron doce hijos; los paternos, siete. Mi padre tuvo cuatro; yo, dos. Y cuando te descuidas, ya uno, o ninguno. Si yo si hubiera vivido en un sitio distinto, no en Madrid, en un lugar más tranquilo, con más espacio y menos dificultades que en ese momento tenía que resolver, hubiera tenido más hijos porque me gustan mucho los niños. Los he dibujado, los he pintado, los he esculpido. Es un tema… Los veo y me gustan mucho.
¿Cuánto tardó en estabilizarse económicamente?
A mí me ha ido muy bien desde el principio. He ido vendiendo todo casi desde el principio. Todo no es mucho, pero era todo. Y el dinero se lo enviaba a mis padres porque me habían traído aquí, a Madrid, me habían pagado los estudios y me sentía enormemente en deuda con ellos. Y hasta que me casé, todo el dinero se lo daba a ellos.
Sus orígenes no son humildes.
No era Bartolomé March, ¿eh? Tenían unas viñas. Pero no viajaban, estaban siempre en el pueblo. La vida que hacían era una vida barata. Mi madre trabajaba en la casa todo el tiempo. Y con esas viñas me pudieron dar los estudios. Los estudios por lo bajo, pero eso para mí ya era mucho porque me cambió la vida, me construyó. Todo lo que soy se lo debo a eso.
Aparte de los genes, ¿cree que el lugar de procedencia influye en el artista?
Creo que sí. De todos modos, yo a los 13 años salí de Tomelloso a otro lugar, a otras gentes y a otras costumbres. Y supe ver de qué me tenía que limpiar y qué tenía que incorporar. Eso ya fue cosa mía.
La posteridad
Si le pregunto por la posteridad me va a decir que no le importa nada.
No me importa nada. Es que no sé si tenemos posteridad. No lo pienso, de verdad. Ya es un conflicto de la gente de tu época. Aunque creo que la posteridad no le importa a nadie. De verdad, con sinceridad. Lo que te importa es que el mundo en el que vives te valore y valorarte tú, sentir que estás haciendo algo que pueda tener un significado y una utilidad para los demás. La posteridad. ¿Tú crees que Mirón o Fidias pensaban en la posteridad? Y otra tanta gente que ya ha desaparecido. Quizá cuando había un lenguaje común, fuerte, sí, porque había una medida, pero ahora no la hay, es lo que te digan los demás. Si los demás te dan diez, pues eres un diez. Si te dan un cero, pues eres un cero. Así están las cosas. ¿Cómo vas a pensar en la posteridad sabiendo eso? El presente es tan invasivo que aparta todo lo demás. Los que estamos aquí necesitamos un lugar. Hay muchísima gente que estamos necesitados de un lugar, y barremos todo. A unas alumnas de Bellas Artes que acababan ya los estudios, les señalé el Cristo de Velázquez y les pregunté: «¿Sabéis quién ha pintado eso?», y decían: «Pues me suena…». No sabían que lo había pintado Velázquez. No habían ido al Prado lo suficiente. Pero a lo mejor saben quién es Marcel Duchamp o Andy Warhol. O sea, el presente es muy invasivo. Te invade por todas partes. Hasta lo malo, lo bueno, lo regular, todo.
¿A usted le ha hecho llorar el arte?
La pintura no, nunca. Sin embargo, la música sí. El otro día, oyendo a Manuel Torre [histórico cantaor de Jerez, gitano]… Me emociono muchísimo. De una forma muy rápida y muy fuerte. No te dura. Sin embargo, la pintura, la escultura y la arquitectura me duran mucho, las tengo aquí, en la cabeza. Es un mundo en el que estoy sin cansarme. Ahora, lo otro tiene un ímpetu, una fuerza, un poder emocional corto, breve, pero potentísimo. Realmente te trastorna. Si la pintura fuera así no podrías mirarla. La música porque pasa: oyes la canción, te emocionas muchísimo y ya está. Con lo otro tienes que convivir. Entonces es algo permanente, poderoso, eterno, que te ocupa toda tu vida, pero no te hace llorar. Yo no he llorado ante un cuadro ni ante una escultura, pero no me canso de verlas.