Liberemos al pequeño empresario: es el momento de eliminar el impuesto más injusto de todos
Como todas las madrugadas, don Manolo atraviesa la ciudad en silencio, montado sobre su moto, en dirección a su panadería. Cuando llega y abre las rejas de metal que protegen las vitrinas, recuerda que hoy vence el pago del ISO: ese impuesto que no entiende de dónde salió y que, cada año, lo obliga a elegir entre juntar el dinero para cumplirle al fisco o mandar a reparar el horno trasero, que lleva tres meses apagado.
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