El sacrificio oculto
Hay una forma de maldad que no grita ni deja marcas visibles. No necesita violencia explícita ni palabras hirientes. Es una maldad silenciosa, educada, incluso socialmente aceptada. Se manifiesta cuando el reconocimiento llega tarde, cuando una vida entera de entrega se reduce a un gesto final que puede fotografiarse, compartirse y aplaudirse. Como si ese último acto bastara para borrar todo lo anterior, pero no basta. Nunca lo hace.