P
ocos crímenes cambian tan radicalmente la Historia, aunque no siempre en la dirección deseada por los asesinos, como demuestran los magnicidios de
Julio César o
Lincoln.
A veces, el asesinato acaba siendo poco más que una venganza cuya consecuencia más relevante –y más indeseada por sus ejecutores– es la redención parcial de la víctima, aunque solo sea por lo atroz de su muerte.
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