E
n la Inglaterra victoriana de la segunda mitad del siglo XIX,
que una mujer decidiera emprender en solitario un gran viaje científico era algo impensable. El papel que se le había asignado a la mujer estaba confinado entre las cuatro paredes de su casa, o a lo sumo hasta la verja de su jardín, pero
Marianne North (1830-1890) desafió esas convenciones sociales cuando en 1871 se lanzó a
la aventura de viajar sola por todo el mundo para pintar flores y plantas en su entorno natural.
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