Como el esquivo pasadizo de la Alcazaba, en Santa Cruz, donde una guitarra llora «la canción de la tierra» bajo la firma cerámica de su «amante andaluz» que da nombre a la calle que él mismo abriera -Joaquín Romero Murube-, los versos y la prosa de aquel sultán del Alcázar, hechos de vagas evanescencias e iridiscentes divagaciones, parecen escurrírsenos como se desvanece el agua del estanque entre los dedos o como la luz suprema de la silenciosa cal nos vuela de los ojos, dejando en el espíritu una reverberación, inasible trasunto de la gracia que él hubiera acogido como único presente de aquel rey mago de la ciudad que fuera José María Izquierdo. Recóndita armonía, la poesía de Joaquín es...
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