Mientras el Real Madrid pataleaba en su sofá, Rodrigo Hernández llegó en muletas a París, aún convaleciente el madrileño de su grave lesión de rodilla, y se fue de la capital gala como mejor jugador del mundo. Un triunfo al fútbol español, que no se veía reconocido desde que Luis Suárez levantase el Balón de Oro en 1960, pero sobre todo a la normalidad, a ese tipo de futbolista que ya es casi inexistente. Rodri, antes que un centrocampista generacional, cerebro del equipo más cerebral de Europa, el City de Guardiola , es un tipo normal, que no tiene redes sociales ni tatuajes, no abandera movimientos sociales ni presta su imagen a grandes campañas de publicidad. Juega como los ángeles,...
Ver Más