Saludar ayer a la mañana con unos buenos días no dejaba de ser un duro sarcasmo. Una DANA le había rajado la barriga al cielo y por la herida cayeron rayos, centellas, tornados y muerte. Una devastación apocalíptica que dibujó en pueblos y carreteras un paisaje de destrucción masiva, como si una de esas armas bélicas que se buscaron alguna vez en Irán, se hubieran empleado en Málaga, en Almería, en Granada, en Valencia y Albacete. Las torrenteras arrastraban coches y camiones. Y los ríos, salidos de madre, desmoronaban puentes como una ola de mar acaba con un castillo en la arena. Los ciudadanos sorprendidos buscaban, en su desesperación, lugares elevados donde ponerse a salvo de tan bíblica ira del...
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