No es Sevilla una ciudad ajena a las inundaciones. En la memoria colectiva de varias generaciones sigue guardada a fuego la riada que hace 62 años arrasó un tercio del núcleo urbano de la capital tras romperse el muro de defensa del arroyo Tamarguillo. Atrás quedaron las continuas crecidas del Guadalquivir, que convertían a Sevilla en una marisma donde el agua florecía del subsuelo cada vez que sacudía un temporal. Ahora, décadas después de las grandes obras hidráulicas que se llevaron a cabo para frenar los desbordamientos soterrando afluentes como el Tagarete, observamos tragedias como la del Levante de estos días con el mismo prisma con el que solemos mirar las grandes catástrofes naturales que suelen ocurrir en el otro...
Ver Más