Nadie baña de más belleza natural los ruedos que Pablo Aguado. Su toreo, con ese hilo de armonía, no necesita gritar para ser escuchado. Torea con el temple con el que vive. Porque torea como es: sin poses ni filtros. Aun sin espada, roba titulares en una temporada memorable, con la solera de Osborne , cuyas bodegas recorre con paso deletreado mientras se sumerge en el aroma de esos vinos que han catado papas, nobles y reyes. En silencio acaricia con la mirada las botas de madera y alza los ojos hasta esas bóvedas que llaman la copa de los ángeles. En blanco y negro. Como las estampas de ese capote que viaja sin reloj. Un tiempo sin tiempo, del...
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