Estaban días atrás al sol con el rodillo devolviendo a blanco la pasarela de la Cartuja, lugar que apasiona a los grafiteros de rotulador. No aguantará limpio una semana. Es lo habitual, el tiempo medio en el que algún imbécil dejará su firmita como los perros de dueños desalmados dejan su caquita. El 'trabajo de Sísifo' de los operarios del retén municipal anti pintadas demuestra que el problema de la limpieza empieza en la educación y la cultura del pueblo. Nos hemos acostumbrado a ese paisaje de fachadas ametralladas por grafiteros sin épica ni estética que dejan su guarra impronta, algo que nada tiene que ver con el arte urbano que desde el lado luminoso del grafiti ayuda a decorar la monotonía estética de lienzos de paredes que mutan en murales de pueblos y barrios.