Hay robos, y luego están los robos con estilo. En Francia, por ejemplo, se roban las joyas napoleónicas del Louvre , esas que dormían entre vitrinas, vigiladas (poco, todo hay que decirlo) por tipos con corbata. Un robo de folletín, con guantes de terciopelo y acento de Montmartre. El ladrón, si acaso, deja una nota perfumada con 'eau de mystère' y una cita de Baudelaire. Luego se fuma un Gauloises, se ajusta la boina y se pierde entre los cafés del Sena, mientras el comisario le persigue con cara de Truffaut. Y después está España, donde ni los robos tienen glamour. Porque mientras los franceses se llevan coronas imperiales, aquí desaparecen campanas de iglesia. Y no de catedrales famosas, no:...
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