Como si fuera la única vida que vamos a vivir
En la ESMA, entre las grietas desatendidas del edificio que albergó tanto y tanto dolor, crecieron flores. Flores retorcidas y hermosas.
Una estudiante de astronomía, detenida en un Centro Clandestino, contaba las horas siguiendo el movimiento de un único rayito de sol que entraba por un descuido de la ventana tapiada.
Una mujer, madura para la media de las chicas secuestradas en Campo de Mayo, recitaba poemas de Miguel Hernández, quizás para distraerlas, tal vez para animar una esperanza en la certeza del final...