«Yo no me voy a enfadar porque en una acción ofensiva con posibilidades de gol mi jugador arriesgue un pase y lo haga mal, sino que me cabrearé mucho si no lo da». Esas palabras me las transmitía un entrenador de la Local sevillana en Piscinas Sevilla allá a comienzos de los años 70, cuando de ocho de la mañana a dos de la tarde me veía tres partidos, algunos más interesantes de los que luego, en el Sánchez-Pizjuán o en el Villamarín, presenciaba a partir de las cinco en punto en todos los relojes. Cincuenta años después mantienen incólume su validez para aquellos equipos que adoptan una insulsa estrategia de balonmano jugando con los pies. Al igual que ocurriera...
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