Todo está en los libros
En enero, cuando todavía los domingos no apetece salir y hace frío fuera, lo mejor es una novela de esas gigantescas. Por ejemplo, Casa desolada, de Dickens, en la nueva y cuidada edición de Alba. Es extensa, pero ya el comienzo, con la neblina densa de Londres, suscita un gozo que la historia de Summerson en busca de su identidad acrecienta.
Erich Auerbach es un autor para febrero. Deseo volver a Mímesis (FCE), un ensayo sobre la literatura occidental, profundo, pero claro, que enseña sobre todo a leer. Auerbach explica lo que supone la verdad bíblica y cómo en ella los personajes adquieren una hondura excelsa. Nada como este ensayo para ir abriendo la voracidad lectora del año.
Puestos a elegir un libro para marzo, no se me ocurre nada mejor que Thorton Wilder. Algún editor debería recuperar su obra. En efecto, Los idus de marzo, en la que, por medio de cartas dispuestas con inteligencia, Wilder reconstruye la muerte de César, es una buena novela histórica y evidencia la unión respetuoso entre la cultura antigua y la sensibilidad contemporánea puede acarrear para nuestro disfrute.
En realidad, como puede colegirse, clásico no es una categoría, ni una vitela inmóvil o pétrea. Es una noción dinámica porque está al albur de los descubrimientos históricos y de las transformaciones culturales. No cabe duda de que existen hoy en las estanterías -e incluso en las imprentas o en el disco duro de un ordenador cualquiera- verdaderas obras de arte que nuestros hijos tendrán la suerte de desempolvar.
Abril es un mes poético, triste. Y, según T. S. Eliot, cruel. La tierra baldía posee un trasfondo simbólico que se escapa; a veces es difícil comprender todas las referencias, pero el tono tiene la capacidad de transmitir la voz hastiada de nuestra condición. Ciertamente no es muy esperanzador, pero ¿quién ha dicho que la literatura lo fuera?
Clásico no es una categoría, ni una vitela inmóvil o pétrea. Es una noción dinámica porque está al albur de los descubrimientos históricos y de las transformaciones culturales
En mayo, con su luz y cielo azul -con su promesa de un verano ininterrumpido- puede ser un buen mes para reconciliarnos. ¿Y si volvemos a la Biblia a fin de recorrer la suntuosidad y el sensualismo de El cantar de los cantares? “Qué bella eres amada mía, qué bella. ¡Tus ojos son dos palomas!”.
Nos encontramos ya casi a mitad de año y no ha hecho aparición todavía Shakespeare. Sería difícil escoger entre sus obras. No pasa: como es un valor seguro, se puede ir a tientas y abrir un libro suyo de modo azaroso. Otelo es no solo una tragedia sobre los celos, sino sobre el menoscabo psicológico de las insidias y el runrún de la obsesión.
Sigamos con otro caballo ganador: Homero. Los expertos piensan que es mayor el valor de la Ilíada, pero para nuestro paladar sentimentaloide y nuestro ánimo frenético, conviene mejor seguir las aventuras de Odiseo. Aprenderemos con él que la vida siempre es un volver al lugar de donde partimos.
¿Y si volvemos a la Biblia a fin de recorrer la suntuosidad y el sensualismo de El cantar de los cantares? “Qué bella eres amada mía, qué bella. ¡Tus ojos son dos palomas!”
Siempre he recomendado retomar, a una edad ya distinguida, el Quijote. Como los planes de estudios son cada vez más escuálidos, quizá no tengamos que retrasar la familiaridad con esa enciclopedia de sentido común, ironía e inteligencia que escribió Cervantes. Por favor, no lean sus aventuras poco a poco, sino como si estuvieran ante un torrente incontenible. Agosto, ese mes tardo, con sus mañanas calmosas, es un momento idóneo.
Con septiembre llega el nuevo curso: los madrugones, la depresión posvacacional. Dar cuentas del calor insoportable del pueblo. Cuando la vida se vuelve gris, muchos libros de la Biblia pueden volver a arroparnos: Job, los salmos. Sugiero leer cada día un versículo de Eclesiastés.
El momento en que el otoño llame a nuestra puerta será el propicio para desempolvar a Platón y considerar si acaso la vida no es una preparación para el momento postrero. Es imposible fallar con un pensador tan gigante. Cualquier diálogo protagonizado por Sócrates, el feo y sarcástico griego nos enseña a distinguir lo importante de lo superfluo.
Con la realidad de la muerte en la cabeza, llegamos a noviembre. ¿Y si acompañamos a Dante en su viaje por los universos inagotables de la trascendencia? Pero, por favor, pasen rápido por el infierno: aunque es original su descripción de los pecados, su principal enseñanza es que también al otro lado hay un jardín verde y fecundo que nos espera.
Llámenme excéntrico, pero en diciembre, a punto de caramelo la Navidad, se puede combinar Introducción al cristianismo, la obra de Ratzinger para madurar la fe, y algo más ligero. Este año Marta y Teresa, mis hijas, han descubierto la sagacidad inesperada de Poirot y reconozco que ha sido entretenido devanarnos los sesos por resolver crímenes inconcebibles.
Ya ven, todo está en los libros. Feliz salida y entrada de año