Trump proclama que EE UU “dirigirá Venezuela” tras la captura de Maduro
Donald Trump compareció este sábado desde Mar-a-Lago con una afirmación que rompe con décadas de cautela retórica de Washington en América Latina: tras la captura del presidente venezolano Nicolás Maduro, Estados Unidos “va a dirigir Venezuela” durante una transición cuyo calendario no precisó. “Vamos a manejar el país hasta que podamos hacer una transición segura, adecuada y juiciosa”, afirmó el presidente Donald Trump, subrayando que su Administración no permitirá que “entre alguien más” para reproducir el escenario de inestabilidad de los últimos años.
El anuncio fue acompañado de una imagen destinada a fijar el marco político y simbólico del golpe: Maduro bajo custodia estadounidense a bordo del USS Iwo Jima, vestido con un chándal gris, una botella de agua en la mano y los ojos cubiertos, con grandes auriculares sobre las orejas. No aparecía su esposa, Cilia Flores, aunque la Casa Blanca confirmó que ambos fueron capturados en la misma operación nocturna y trasladados juntos fuera del país.
Trump presentó la incursión como la culminación de una estrategia largamente preparada y basada, según su entorno, en la necesidad de desarticular lo que Washington describe como el Clan de los Soles, la presunta red de altos mandos militares venezolanos implicados en el narcotráfico internacional. La existencia de esa estructura —utilizada durante años como argumento judicial y diplomático por EE. UU.— habría servido, según fuentes oficiales citadas en la propia comparecencia, para ir “preparando el terreno” político, legal y de inteligencia que desembocó en la decisión final de capturar a Maduro.
El presidente describió el operativo con un tono marcadamente militarista. Aseguró que las luces de Caracas fueron apagadas durante la incursión gracias a una “experiencia técnica” estadounidense y que, en cuestión de horas, “todas las capacidades militares venezolanas quedaron neutralizadas”. “Fue oscuro y fue letal”, insistió, elogiando a las fuerzas armadas y a las agencias de seguridad por ejecutar la misión “en plena noche”. Trump recalcó que no hubo bajas estadounidenses ni pérdidas de material, aunque reconoció que “un par de soldados” resultaron heridos por bala y metralla, sin riesgo vital.
El relato fue reforzado por el jefe del Estado Mayor Conjunto, el general Dan Caine, que ofreció un inusual nivel de detalle técnico. Explicó que la misión, bautizada Operation Absolute Resolve, fue el resultado de meses de planificación y ensayos y que implicó a todas las ramas del Ejército estadounidense junto con agencias de inteligencia. Según Caine, más de 150 aeronaves despegaron desde unas 20 bases —en tierra y mar— repartidas por el hemisferio occidental. Helicópteros de extracción volaron a apenas 30 metros sobre el agua para evitar radares y llegaron al complejo presidencial alrededor de la una de la madrugada, hora local.
La unidad encargada de la extracción —descrita como una fuerza de élite conjunta, con componentes de operaciones especiales— se encontró con resistencia armada. Hubo “múltiples enfrentamientos de autodefensa” antes de completar la evacuación. Una aeronave estadounidense fue alcanzada por fuego enemigo, pero permaneció operativa durante toda la misión. A las 3:29 de la madrugada, el convoy aéreo abandonó territorio venezolano con Maduro y Flores a bordo, rumbo al USS Iwo Jima, desde donde iniciaron su traslado a Estados Unidos.
Trump reveló que el Pentágono había contemplado desde el inicio la posibilidad de una escalada. “Estábamos preparados para una segunda ola, mucho más grande”, dijo, aunque matizó que la eficacia de la primera fase hacía “probablemente innecesaria” una nueva ofensiva inmediata. Aun así, dejó claro que las fuerzas estadounidenses permanecerán en la región “en alta disposición”, listas para proyectar poder y proteger intereses si la situación lo requiere.
El componente energético ocupó un lugar central en su discurso. Trump afirmó que Estados Unidos “operará Venezuela” con un grupo encargado de recuperar la producción petrolera, reivindicó que Washington “construyó” la industria del crudo en el país y denunció que el régimen chavista la “robó”. Confirmó además que el embargo petrolero se mantiene “en pleno efecto” y advirtió a los cuadros políticos y militares vinculados al madurismo de que lo ocurrido al expresidente “puede ocurrirles” si no cooperan o si no actúan “con justicia, incluso hacia su propio pueblo”.
En paralelo, la Administración subrayó el frente judicial como legitimación de la operación. Maduro fue imputado en Nueva York por delitos de narcoterrorismo y tráfico de drogas, en línea con acusaciones abiertas en 2020 y reforzadas con una recompensa de hasta 50 millones de dólares por información que condujera a su arresto. La fiscal general Pam Bondi detalló cargos como conspiración de narcoterrorismo, conspiración para importar cocaína y delitos relacionados con armas de guerra, insistiendo en que el expresidente “afrontará la justicia estadounidense en suelo estadounidense”.
La Casa Blanca defendió el secretismo del operativo. Trump aseguró que no se informó al Congreso por el riesgo de filtraciones y el secretario de Estado Marco Rubio sostuvo que no era “el tipo de misión” que exigiera alertar previamente a los legisladores. Esa explicación, sin embargo, desató una tormenta política inmediata.
Las críticas demócratas fueron contundentes y transversales. Senadores y representantes denunciaron una acción “ilegal” por carecer de autorización del Congreso y advirtieron del precedente que supone capturar a un jefe de Estado extranjero. El senador Andy Kim acusó a Rubio y al secretario de Defensa Pete Hegseth de haber mentido al Senado al negar que se buscara un cambio de régimen. Desde Arizona, Ruben Gallego habló de “guerra injustificada” y evocó su experiencia en Irak para subrayar el coste humano de decisiones sin aval legal.
En la Cámara de Representantes, Jim McGovern cuestionó que falten recursos para la sanidad mientras “sobran” para la guerra, y Jake Auchincloss, exoficial de Marines, alertó del riesgo de un conflicto “de sangre por petróleo”. Alexandria Ocasio-Cortez sostuvo que la operación responde al petróleo y al cambio de régimen, no a la lucha antidroga, mientras Adam Schiff acusó a Trump de “pisotear la Constitución”. Tim Kaine reclamó que el Congreso recupere su autoridad en política exterior.
Frente a ese frente crítico, la Casa Blanca cerró filas. El vicepresidente J. D. Vance defendió que Maduro no puede “evitar la justicia” por vivir en un palacio, y el senador republicano Tom Cotton celebró la captura y urgió a un gobierno interino venezolano a romper con el narcotráfico y con aliados como Cuba e Irán.
Así, bajo el argumento del Clan de los Soles, la lucha antidroga y la seguridad hemisférica, Trump presenta una operación que va mucho más allá de una detención. Estados Unidos asume de facto la tutela de Venezuela, mantiene el cerco económico y la presión militar, y abre un choque constitucional en casa. Entre la promesa de orden y el temor a una intervención prolongada, el futuro inmediato del país caribeño queda atado a una transición sin plazos ni consensos.