2026, el año del derrumbe del dominio izquierdista
Está en todos sitios a poco que uno preste atención. Nada más terminar el recuento electoral en Chile, un tuitero contundente compartió el siguiente mensaje: «Kast ganó en las comunas más pobres de Chile. Jara ganó en el voto extranjero en países libres de comunismo. Ganamos no sólo la elección, ganamos la batalla cultural», resumía. Obviamente era un derechista, escondido tras el seudónimo Fachaninja, pero comprendió que no todo se reduce a los recuentos. La izquierda ya no puede contar con el voto de las clases bajas, la religión no se ve como un lastre y los dictadores derechistas del siglo XX son vistos con otros ojos por muchos jóvenes.
La tesis del pendulazo también la compra la izquierda: uno de los hermanos Wachowski, creadores de [[LINK:INTERNO|||Article|||692e99ddfa35480007927640|||«Matrix»]], se quejaba hace poco de que la píldora roja de su taquillazo –la que te hace ver el mundo tan distópico como es– se haya convertido en metáfora predilecta de los intelectuales trumpistas: «No sé cómo la ideología de derechas se apropia absolutamente de todo. De puntos de vista de izquierdas y los mutan para su propia propaganda, para desvirtuar y oscurecer cuál es el mensaje real. (…) Yo miro todas esas teorías locas y mutantes en torno a las películas de ‘‘Matrix’’, y las ideologías disparatadas que esas películas ayudaron a generar, y solo pienso: ¿Qué estáis haciendo? ¡Eso está mal!», lamentaba. A los Wachowski les gustaría que «Matrix» se interpretase como una película trans, pero hoy simboliza una especie de fábula contra las mentiras del progresismo. ¿Quieres la pastilla azul que te suministran las organizaciones globalistas para convencerte de que están aquí para cuidarte o la roja que te hace unirte a la plebe patriótica que pide una insurrección nacional? El gran movimiento de resistencia de nuestra época es la Ilustración Oscura, conocida por su abreviatura NRx, una corriente antiprogresista, antiburocrática y antidemocrática (más partidaria de estamentos, tradiciones y aristocracias que de ser vanguardia del proletariado).
En julio de 2018 entrevisté a Edu Maura, uno de los cuadros más inteligentes de Podemos, además de tataranieto de Antonio Maura, cinco veces presidente del consejo de ministros con Alfonso XIII. En una de sus respuestas defendía la importancia de admitir las derrotas históricas: «El liberalismo político hizo una cosa maravillosa, muy inteligente, que fue aceptar la Revolución Francesa al completo. Se dieron cuenta de que tenían que asumirlo todo: Robespierre, el Terror, la república jacobina…Los más listos dijeron lo siguiente: ‘‘Si no entendemos que esto cambia todo, que no hay una Francia a la que volver, nunca vamos a gobernar’’. Esta postura me sirve para hacer una analogía con el régimen del 78. Fue un proceso constituyente, el más importante de nuestra historia moderna. Diría que tampoco hay una España a la que volver. El Régimen es una construcción heredada que, nos guste más o menos, ha calado demasiado como para rechazarla. Tenemos que pasar página. Podemos retorcerla, dar la vuelta a su lenguaje, hacerle el abrazo del oso, darle una patada voladora o hacerle la zancadilla, pero lo que no podemos hacer es cambiarla», explicaba.
Su análisis sonaba correcto, pero hoy tenemos una pujante nueva derecha global que se ha enfrentado tanto al legado de la Revolución Francesa –en el mundo– como al del Régimen del 78 –en España–. Las manifestaciones en Ferraz son eso: una derecha que, por primera vez desde el regreso de la democracia, está dispuesta a corear consignas contra la policía, el Rey y la Constitución, reivindicando que mirar a la tradición española desde el siglo XVI es fundamental para regenerar el país. Por eso allí se mezclaban personas dispuestas a montar barricadas contra la Agenda 2030, defensores del programa social de Falange y católicos rezando el rosario. Gusten o asusten, todos ayudan a abrir la ventana de Overton y a derribar los dogmas del progresismo dominante.
El pendulazo que viene no solo está ligado a la creciente popularidad de presidentes como Nayib Bukele, convertido en campeón mundial de la «mano dura» contra el crimen, que explica a las fuerzas de seguridad de El Salvador que están librando un combate del bien contra el mal, donde Dios está de su parte. También tiene que ver con empresarios valientes como Erwan de Villeón, que lo mismo financia una película contra los estragos de la Revolución Francesa («Vencer o morir», 2022) que monta en Toledo el parque temático Puy du Fou, espacio para la historia patriótica de España en un país donde esto es anatema. Resulta revelador señalar que ningún empresario español se había atrevido, temeroso de que le colgasen la etiqueta de «facha». En 2024, Puy du Fou recibió un millón de visitantes, y en 2025 se disparó hasta el millón setecientos mil. Quienes han visitado el parque suelen sorprenderse de que muchos adolescentes acuden de mala gana, arrastrados por sus padres y haciendo bromas ofensivas, como si les obligasen a volver a clase. Una vez metidos en los espectáculos su actitud cambia por completo. «No hay mayor regalo que ver a un joven emocionado con su Historia. Es cuando uno comprende que ha tocado algo esencial. No se trata de imponer, ni de enseñar. Se trata de despertar. Y si conseguimos que un adolescente pase de la risa fácil al asombro en dos minutos, entonces estamos cumpliendo nuestra misión: conectar con su corazón», explica Villeón. La batalla cultural no se juega solamente en las tertulias televisivas, sino en espacios de esparcimiento familiar como este.
Otro empresario esencial del pendulazo es Elon Musk, ya con el prestigio recuperado desde su incendiario paso por la Casa Blanca. Allí hizo un poderoso trabajo de recorte del gasto público, la famosa doctrina de la motosierra, que comparte con el presidente argentino Javier Milei. La nueva batalla política de Musk consiste en desmontar la densa red de Organizaciones No Gubernamentales que ha articulado el progresismo desde los 70. «Las ONG financiadas por el gobierno (una contradicción en términos) son probablemente la mayor fuente de fraude. Creo que también deben realizarse varios arrestos en ese sentido, porque son organizaciones benéficas falsas. Es una gigantesca red de lavado de dinero», declaró a «Fox News» la pasada primavera.
¿Euforia o impotencia?
No es solamente un reproche moral, sino un aviso político-jurídico que puede hacer que este año veamos investigaciones y demandas contra millonarios globales progresistas como George Soros y Bill Gates, que hace tres décadas eran considerados ciudadanos ejemplares. Viktor Orban ya ha aprobado una ley antiSoros en Hungría y Trump ha prometido que investigará su apoyo a las revueltas antisistema en EE UU.
Si trajéramos al presente a un estudiante californiano de los 60 no daría crédito a la situación: su país tiene un presidente que hace que Nixon parezca moderado, la juventud cada vez vira más a la derecha y Cuba es una cárcel infestada de pobreza, prostitución y epidemias. Los líderes de la izquierda siguen gritando puño en alto desde sus tribunas, pero no es de euforia sino de impotencia. Muchos partidos progresistas de Occidente intentan blindar el derecho al aborto en sus constituciones porque saben que lo más probable es que vaya a cuestionarse por los próximos ganadores en las urnas. Con la excepción del País Vasco, que arrastra una historia siniestra, cuesta encontrar un país donde la izquierda tenga buenas perspectivas electorales. ¿Será 2026 el comienzo del fin de la izquierda?