Jenófanes y el escepticismo
La duda razonable sobre las tradiciones es el comienzo de toda actitud científica y analítica. En la historia del pensamiento los filósofos clásicos también son precursores del escepticismo y cabe ejemplificar esta metódica demolición de lo establecido con una figura esencial que surge en tiempos presocráticos. Es Jenófanes de Colofón, al que se ha atribuido el honor de ser el maestro de Parménides, el padre de la lógica. De su obra tenemos versos y pensamientos muy resonantes que inauguran la tradición escéptica de cuestionar personalmente todo el conglomerado heredado acríticamente por la sociedad. Y ello de una manera irónica, radical e incluso algo subversiva. Para algunos tiene fama de ser el primer agnóstico –si no ateo– de la antigüedad, aunque este es un tema discutido, pues seguramente en su época clásica esto no era del todo posible. Paradójicamente, también ha sido visto como el primer monoteísta en la obra de autores cristianos posteriores. Esto prueba el impacto de su pensamiento y su duda radical. Hoy es un ejemplo de que no hay que dar nada por sentado en el camino del conocimiento, una lección básica pero que Jenófanes inaugura en la tradición occidental.
Jenófanes nació en torno al 540 a. C. en Colofón, Asia Menor, no lejos de Éfeso, Mileto o Samos, en lo que podríamos llamar el cuadrilátero fantástico de la filosofía jonia. Ejerció su magisterio filosófico y poético de forma itinerante por todo el mundo griego, pues realiza un recorrido semejante al de Pitágoras: acaba sus días en el lejano Occidente, muriendo ya nonagenario en Siracusa c. 478 a.C. Esto muestra la vinculación entre los dos lugares clave de los orígenes de la filosofía, Jonia y Magna Grecia, en el camino de Oriente a Occidente. No en vano se cree que allí ejerció su magisterio y abrió la vía a la escuela itálica, vinculando de alguna manera el mundo de los milesios con el de los eléatas.
En su vida larga y fecunda fue respetado como poeta en diversos géneros, desde la épica a la lírica, como rapsoda o poeta elegíaco. No contamos con su obra entera, sino, como suele ser habitual en los presocráticos, con fragmentos en autores posteriores, notablemente en Diógenes Laercio o Sexto Empírico, escéptico posterior que lo usa como precursor. Esta obra poética en fragmentos nos recuerda que algunos de los primeros filósofos fueron también grandes literatos y usaron la poesía como poderoso y resonante medio de transmisión para sus ideas, como es el caso de Parménides o Empédocles.
«Discursos puros»
Su rechazo de la educación tradicional es clave, sobre todo, en el caso de Homero, que era básico para la educación de los griegos. Su idea era cuestionar la cultura imperante, después de mostrar sus puntos débiles, para basarla sola y plenamente en la razón. A partir de la observación empírica y de la indagación propia sobre la «physis» era preciso reemplazar el saber tradicional revelado por otro investigado y buscar la unidad tras la aparente pluralidad del cosmos. Algunos de sus más famosos versos cuestionan las historias sobre los dioses que considera ficciones y propone reemplazarlos por «discursos puros» que solo provengan de la razón. Además de tachar de falsarios a los poetas tradicionales, no dudó en atacar a algunos filósofos rivales, como Pitágoras, ridiculizando su teoría de la reencarnación en un famoso fragmento, en el que el filósofo criticado reconoce la voz de un viejo amigo en los ladridos de un perro apaleado... Se dice que no solamente escribió épica y elegía, sino también un poema acerca de la naturaleza donde se contenía su propuesta sobre el origen de las cosas. Se discute cuál era –si existía– su doctrina sobre los principios o «archai»: a veces con la tierra a modo de elemento primordial, otras con dos elementos que rigen el universo, lo seco y lo húmedo (la tierra y el agua), o sin elemento alguno reconocible. No conocemos bien su ciclo cosmológico pero no me resisto a citar algún fragmento: «Los mortales creen que los dioses han nacido, y que tienen vestido, voz y figura como ellos» (fr. B 14-16). Su argumento continúa diciendo que si los caballos tuvieran dioses, también tendrían forma de caballos, y que si los etíopes son preguntados los dioses serán de su color.
Su crítica del antropomorfismo de la divinidad le valió acusaciones tanto de impiedad como de postular una nueva religión basada en la razón. Parece que hablaba de un dios que permanece siempre en un solo lugar, lo cual ha sido visto como antecedente de Parménides. El pensador cristiano Clemente de Alejandría lo pondera como el primero que enseñó que Dios es uno e incorpóreo, transmitiendo un fragmento muy famoso: «Un dios, el más grande entre los dioses y los hombres, ni en figura ni en pensamiento semejante a los mortales». No es poca cosa su osadía al alzar la voz contra los pilares de la tradición griega, Homero y Hesíodo, al cuestionar el mundo de los dioses y los héroes y la cosmogonía tradicional.
En suma, Jenófanes sigue siendo hoy un buen acicate para volver a la raíz de la razón, elevar la voz contra los dogmas establecidos y recordar que es preciso, para un pensamiento libre, dudar de todo pese a la presión circundante. No hay que dejar de pensar en su modelo precursor.