Acompañar una bebida con un pequeño picoteo es casi un ritual nacional. En numerosos bares españoles, es habitual que aparezca sobre la mesa un plato de aceitunas o un puñado de patatas fritas. A veces, los camareros eligen qué servir. Pero en otros establecimientos sí preguntan las preferencias de sus clientes , una cuestión más importante de lo que podemos llegar a pensar. «La camarera me ha preguntado que si patatas fritas o aceitunas. Y, aunque parece una decisión trivial, en realidad no lo es tanto », afirma la nutricionista, farmacéutica y reconocida divulgadora científica Marian García , más conocida como Boticaria García . La experta muestra en su vídeo dos platos idénticos en cantidad, pero no en consecuencias nutricionales. La comparación, asegura, es reveladora: «En los mismos 40 gramos, aquí hay el triple de calorías », afirma señalando las patatas fritas. Más allá del número de calorías, Boticaria insiste en que la auténtica diferencia está en cómo cada opción interactúa con nuestro cerebro. «Las patatas fritas son una bomba de sal y grasas refinadas, estimulan la liberación de dopamina y le dicen a tu cerebro 'dame más'», explica. Las aceitunas, en cambio, juegan en otra liga. Ricas en grasas monoinsaturadas, activan rutas hormonales muy distintas: «Estimulan la liberación de hormonas GLP1 saciantes , como las de los nuevos fármacos para la obesidad», señala. «Que no estoy diciendo que las aceitunas sean el Ozempic o el nuevo Mounjaro , pero ayudan a echar el freno de mano del hambre mientras que las patatas fritas aprietan el acelerador», matiza. Por otra parte, Boticaria García recuerda que las aceitunas aportan antioxidantes y compuestos beneficiosos para la salud cardiovascular. Tras exponer estos argumentos, la experta asegura tener clara su elección: las aceitunas son las mejores compañeras de una cerveza o un refresco. Entre los factores que hacen de las aceitunas una mejor opción que las patatas fritas se encuentra la presencia en estos alimentos de la GLP‑1 , una hormona producida en el intestino tras las comidas que se ha convertido en una de las piezas clave para entender cómo el cuerpo regula la glucosa y el apetito. Su papel como incretina, las hormonas que estimulan la liberación de insulina después de comer, fue identificado en la década de 1980 gracias a la científica Svetlana Mojsov , cuyo trabajo sentó las bases de los actuales tratamientos para la diabetes y la obesidad. «Mi descubrimiento realmente ayuda a millones de personas en todo el mundo. Esa es la mayor recompensa que podría obtener», explicó a la 'BBC' . Su aportación fue demostrar que el GLP‑1 actuaba como una incretina: «Fueron mis experimentos los que demostraron que el GLP‑1 es una incretina ». El GLP‑1 se libera en el intestino cuando ingerimos alimentos y desencadena una serie de efectos metabólicos. Estas acciones explican por qué los fármacos basados en GLP‑1 han demostrado ser eficaces tanto en el control glucémico como en la pérdida de peso . Mojsov identificó que la actividad biológica residía en un fragmento específico de la molécula: «Lo llamé GLP‑1‑7‑37 . Y predije entonces que sería la incretina». Aquel hallazgo permitió comprender cómo funcionaba la hormona y abrió la puerta al desarrollo de análogos más estables y terapéuticamente útiles. Con el tiempo, la comunidad científica adoptó simplemente el nombre GLP‑1 para referirse a esta hormona, que actualmente protagoniza algunos de los avances más relevantes en endocrinología , tal y como anticipó la propia Mojsov: «Después me convencí de que sería un fármaco. Estaba segura de que habría alguna compañía farmacéutica a la que le interesaría».