Son las cinco y media de la tarde del último día del año 2025. Estoy sentado en un asiento del AVE que va desde Madrid a Zaragoza. Me quedo mirando la hora en una pantalla del vagón. Comparo esa hora con la de mi 'smartphone' y con la de mi reloj de pulsera. Lo llevo haciendo mucho tiempo. El reloj del AVE retrasa casi tres minutos. ¿Por qué lo hace? ¿Por qué nadie lo ajusta a la hora del mundo, a la hora precisa? ¿Son imperfecciones de la realidad o es la presencia del desorden , del abandono, de la desidia? Y si fuera la presencia del Mal, con mayúsculas. Compro en Amazon y me aseguran que mi envío llega mañana. Lo aseguran de una manera perentoria y a la vez fraternal y celebrativa, como si fuesen amigos míos, que saben que me ilusiona lo que he comprado. Sin embargo, incumplen su palabra dada. Y lo ocultan. Ahora ya no recibo mensajes de Amazon. Su incumplimiento, al ocultarse, se vuelve aterrador. Si quieres protestar por ese incumplimiento la plataforma de Amazon organiza un laberinto informático cuya finalidad nadie conoce, ni siquiera quien ha diseñado ese laberinto. «Estoy perdiendo el tiempo de mi vida», me digo a mí mismo. Cualquier llamada telefónica que yo hago a alguna administración o a cualquier ente de la naturaleza que sea viene acompañada del recordatorio de que tengo derecho a la protección de mis datos. Y a los cinco minutos me llama alguien que sabe mi nombre y que me ofrece un crédito, o un seguro, o me seduce para que me cambie de compañía telefónica. Presa de una iluminación divina, a esas llamadas catalogadas como 'spam' contesto del siguiente modo: «Comandancia de la Guardia Civil, al habla el sargento Kafka». Y esta contestación me salva del abismo. La invocación del escritor judío Franz Kafka tiene poderes terapéuticos. Al notar la presencia de Kafka sobre el mundo, este se vuelve reconocible. Y descanso. Acaba de comenzar el 2026. Va a ser otro año tan kafkiano como el que se fue, el 2025. En este 2026 se cumplirán cien años de la publicación póstuma de la obra más importante de Kafka. Me refiero a la novela 'El castillo'. En esa novela se habla de todos los gobiernos del mundo, incluido el de España, por supuesto. También Luis Buñuel los vio, a todos los gobiernos del mundo, y por supuesto al de España. Sargento Kafka y sargento Buñuel: los dos nos ayudan en esta inmensa ruina de la inteligencia y de la extinción de la belleza del mundo. Atentará contra las clases medias, porque no pueden defenderse, eso hará el Gobierno de España en este 2026. No atacará a las elites del capitalismo porque este Gobierno depende de ellas. Incapaces y sencillos de entendimiento, como siempre, los ministros de España irán a robar a las clases medias españolas, a los pobres trabajadores a un pie de la miseria. Me recuerda a una escena de la película 'Viridiana'. Un perro va atado por una soga a un carro tirado por un caballo. El perro se está ahogando, porque no puede seguir el trote del caballo. Dentro del carro viaja la Guardia Civil. El dueño del perro y del caballo permanece indiferente, ajeno a la asfixia del animal. El actor Paco Rabal, ante el suplicio del perro, decide comprarlo y librarlo así de su condena. Al momento pasa otro perro atado a otro carro, con idéntico martirio. No se puede redimir a todos los inocentes del mundo, nos dice Luis Buñuel, y se ríe. La carcajada es infinita. El sargento Franz Kafka propone la carcajada aún más infinita, y es esta: no hay nadie al mando de la nave. Hace cien años que se publicó la novela que nos decía esto: nadie manda, más allá de un laberinto de malentendidos que nos llaman a una risa descompuesta y salvaje. La oposición arremete contra Sánchez como si Sánchez gobernara. No gobierna. Permanece, en posición estatuaria. No se puede gobernar, porque gobernar exige un sentido de la realidad muy desagradable. La vida son sucesos inaprensibles. Lo único indiscutible son los bienes materiales. Hay dinero, somos dinero, gastadlo. Mientras gastamos nuestro dinero, ocurre el tiempo histórico de nuestras vidas. No hay un significado político de la historia. Fue Kafka quien venció, quien lo dijo. El pobre agrimensor de 'El Castillo' trata de saber si existe su propia persona política. Se llama K y la única respuesta es la nieve. Nieva mucho en las novelas de Kafka. La contemplación de la naturaleza es cuanto nos queda. Ver nevar, ver llover, ver el mar, las montañas, recuerdos de un principio de severidad, de realidad, de existencia política. Porque la naturaleza tiene existencia política. Vendrá el derramamiento de la sangre económica de las clases medias, eso será el 2026, como eso fue el 2025. La fiscalidad atroz es el nuevo feudalismo. Regresa la Edad Media, esa Edad Media que preside las novelas de Kafka. La vieja recaudación de impuestos, el viejo oficio de Miguel de Cervantes . Id por los pueblos de España y traedme todo el dinero, me da igual que sean pobres. El señor feudal es el señor fiscal. El feudalismo se convirtió en fiscalidad. La sanidad y la educación en España funcionan mal, pero que funcionen mal no es indignante, pues lo importante es que están y al estar justifican de manera rotunda e inapelable la existencia del señor feudal. El señor feudal no se ocupa de esos trámites de la realidad, que se ordenan solos, ya lo dijo el sargento Kafka. Esos trámites aburridos, como las listas de espera de la sanidad pública, no son ocupación digna de los señores del Castillo. Lo mejor es que te acerques con las palabras adecuadas a los señores del Castillo, que no gobiernan, pero están. Muchos escritores se acercan a los señores del Castillo y los señores les ofrecen una silla, incluso un sillón y una almohada, y se sientan. Y están. Se hacen visibles. Míralos, vienen a nosotros, dicen los señores del Castillo esbozando una sonrisa perversa. Cuantos hemos leído al coronel Kafka (justo es el ascenso al final de este artículo) vemos la ingravidez profunda de este momento de la política española. No hay acceso a la vivienda en España, pero eso es demasiado aburrido y no requiere la atención de los señores feudales y fiscales. Y gracias al capitán general Franz Kafka (otro ascenso) soltamos una inmensa carcajada que retumba en todas las galaxias de ese frío universo que nos corona en vano. La carcajada es en sí misma una forma superior de entendimiento de la vida, de la política y de la historia. Y la carcajada, por último, exhibe la divina indiferencia que nos ofreció Franz Kafka como regalo de año nuevo.