A María Jesús Montero no se le entiende con dificultad por su acento andaluz, como le reprochan algunas arrogantes minervas mesetarias, sino por su confusa gramática. Su problema no es de prosodia sino de sintaxis, que según Paul Valèry es una cualidad del alma. Y ese caos suyo de anacolutos, pleonasmos y discordancias se vuelve más inextricable cuando se ve obligada, como ministra de Hacienda, a tratar de explicar asuntos de natural farragosos por su complejidad matemática. Si además tiene que justificar medidas como la singularidad fiscal catalana , el ciudadano medio se enmaraña –como ella misma– en un argumentario imposible de comprender porque sencillamente no cuadra en la razón igualitaria que se supone debe defender la socialdemocracia. Sería más...
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