Asia llega al límite de las jornadas laborales extremas
El modelo de crecimiento basado en la prolongación sistemática del tiempo de trabajo comienza a mostrar signos claros de agotamiento en Asia. Durante años, la extensión de la jornada actuó como un amortiguador frente a déficits estructurales de productividad, capital y organización empresarial. Hoy, en un contexto de desaceleración económica, mayor disciplina financiera y tensiones demográficas crecientes, ese mecanismo pierde eficacia y empieza a generar costes visibles para empresas y gobiernos.
China concentra buena parte de este ajuste. El sistema informalmente conocido como 996 –jornadas de doce horas, seis días a la semana– se consolidó como práctica habitual en amplios segmentos del sector privado, especialmente en tecnología, plataformas digitales y empresas de rápido crecimiento. En un ciclo de expansión prolongada, abundante financiación y fuerte competencia interna, el alargamiento del horario funcionó como factor de diferenciación. No obstante, el entorno actual es distinto.
El crecimiento chino se ha estabilizado en niveles sensiblemente inferiores a los de la década anterior. La inversión privada avanza con cautela, el consumo interno no recupera tracción y el margen para estímulos financieros masivos se ha reducido. En este escenario, la productividad adicional obtenida mediante más horas se diluye con rapidez.
La rotación laboral aumenta, los costes de sustitución se elevan y la eficiencia organizativa se resiente. El desgaste deja de ser un problema intangible y pasa a afectar a resultados. La reacción institucional apunta en la misma dirección. Las autoridades han reforzado la aplicación de los límites legales de jornada y han endurecido el discurso frente a las prácticas abusivas, no como concesión social, sino como ajuste económico. China entra en una fase de envejecimiento acelerado y reducción de la población activa. El capital humano se convierte en un recurso más escaso y, por tanto, más costoso de depreciar. La lógica de exprimir tiempo pierde racionalidad financiera.
El patrón se repite, con matices, en otras economías avanzadas de la región. Japón y Corea del Sur han reducido progresivamente el número efectivo de horas trabajadas, tras constatar que las jornadas prolongadas generan rendimientos decrecientes en un contexto de escasez laboral y elevada carga demográfica. La prioridad ha pasado de maximizar presencia a preservar productividad y retención de talento. La corrección no es ideológica, es más operativa.
En el Sudeste Asiático, la situación es más ambigua. Países como Vietnam, Tailandia o Malasia han captado inversión gracias a costes laborales competitivos y alta disponibilidad de mano de obra. Sin embargo, la reorganización de las cadenas globales de suministro y un entorno financiero más restrictivo reducen el atractivo de modelos intensivos en horas sin mejoras paralelas en eficiencia, automatización o cualificación. El tiempo deja de ser ventaja cuando no se traduce en valor añadido.
India ofrece un contraste estructural. Con una de las medias de horas trabajadas más elevadas del mundo, su productividad por trabajador sigue siendo baja.
La informalidad, los salarios reducidos y la cobertura social limitada obligan a prolongar la jornada para alcanzar ingresos mínimos. El crecimiento depende del volumen de esfuerzo, no de su calidad. En un escenario de menor demanda externa y mayor volatilidad, este esquema amplifica la vulnerabilidad macroeconómica. A estas tensiones se suma un cambio profundo en las condiciones de empleo. El trabajo remoto e híbrido se ha consolidado en amplios segmentos del mercado asiático, especialmente en economías urbanizadas y orientadas a servicios. Singapur y Japón han introducido marcos formales para la gestión de la flexibilidad, con especial atención a trabajadores con responsabilidades familiares. La negociación ya no gira en torno a salario y estabilidad, sino a disponibilidad, control del tiempo y conciliación.
Este giro añade complejidad jurídica y organizativa. La gestión de plantillas distribuidas en varias jurisdicciones incrementa los riesgos en materia fiscal, laboral y de cumplimiento normativo. La adopción acelerada de inteligencia artificial agrava el desafío. Sistemas algorítmicos influyen cada vez más en selección, evaluación y asignación de tareas. En Asia, aunque la regulación es fragmentaria, crece la presión para establecer protocolos de uso responsable, formación obligatoria y garantías frente a decisiones automatizadas opacas.
En paralelo, se refuerzan políticas vinculadas a diversidad, equidad y gobernanza social. Singapur ha aprobado legislación integral contra la discriminación laboral. Como ejemplo, la Región Administrativa Especial de Hong Kong exige mayor diversidad en los consejos de administración y transparencia en la composición de la alta dirección. Otros territorios asiáticos avanzan en mecanismos de participación de los trabajadores y negociación colectiva. El objetivo es reducir fricciones internas y mejorar la estabilidad organizativa en un mercado laboral mucho más competitivo.
El trasfondo de estas reformas es demográfico. Asia afronta un doble desequilibrio, con un envejecimiento acelerado en las economías más desarrolladas y presión de entrada masiva de jóvenes en otras. Al mismo tiempo, la automatización limita la capacidad de absorción de empleo intensivo en mano de obra. El resultado es un mercado donde prolongar jornadas no garantiza crecimiento ni cohesión social.
La política laboral se convierte así en una herramienta de ajuste económico. Reducir horas, ordenar la flexibilidad, regular la tecnología y proteger el capital humano resulta más eficiente que extender indefinidamente el tiempo de trabajo. El modelo basado en esfuerzo ilimitado pierde viabilidad en un entorno de menor crecimiento potencial.
Solo al final de este proceso resulta pertinente la comparación con Europa. Allí, la corrección ha adoptado una vía más normativa con reducción de semanas laborales, refuerzo del derecho a la desconexión, regulación estricta del uso de inteligencia artificial y avances en transparencia salarial. Con trayectorias históricas distintas, la conclusión converge, la competitividad ya no se sostiene en la acumulación de horas, sino en la productividad efectiva.
Cuando incluso China empieza a desactivar, por razones económicas, un esquema como el 996, el mensaje es claro. El crecimiento futuro en Asia dependerá menos del tiempo dedicado y más del valor generado. La transición no será inmediata, pero el ajuste ya está en marcha.
No es que los jóvenes en Asia hayan «dejado de creer» en el trabajo. Han dejado de confiar en un tipo de promesa, la que decía que, si uno entregaba años lineales a una empresa, el sistema devolvería estabilidad, vivienda alcanzable y una trayectoria predecible. Ese acuerdo no se rompió con un manifiesto, se fue erosionando con algo más contundente: precios que corren, sueldos que caminan y riesgos que antes asumían las organizaciones y ahora se cargan al individuo.
Lo que está ocurriendo es una reasignación de riesgos. En las grandes áreas metropolitanas, donde vive y compite gran parte de la población joven, la combinación de alquileres elevados, transporte caro y servicios encarecidos ha convertido el “empleo único” en una apuesta concentrada. Y cuando la volatilidad sube, lo racional no es romantizar la lealtad, es diversificar.
Por eso muchas carreras tempranas se están pareciendo menos a una escalera y más a un portafolio. Un trabajo base que paga las facturas convive con encargos, consultorías puntuales, comercio digital, contenido, clases, traducciones, diseño, programación, inversiones pequeñas cuando se puede, y formación continua. No es dispersión por moda. Es gestión del riesgo de ingresos en un mercado donde la protección implícita se ha debilitado y el acceso a activos patrimoniales se ha estrechado. Si no puedes construir colchón con facilidad, te vuelves más sensible a cualquier shock y te reorganizas para amortiguarlo.
Esta transición tiene otra raíz menos visible. El mercado laboral en buena parte de Asia se ha vuelto más dual. Conviven sectores y firmas con salarios altos y estabilidad con un universo amplio de empleo más precario, subcontratado o temporal. Para el joven que entra, el problema no es solo el nivel salarial, sino la incertidumbre. En términos de teoría de búsqueda, aumenta el valor de la opción. Mantener flexibilidad es preservar la posibilidad de saltar a un mejor emparejamiento cuando aparezca, o de salir rápido si el puesto se vuelve un callejón.