Emojis, las nuevas máscaras sociales
Es casi seguro que lo primero que hago cada mañana sea contestar mensajes empleando los emojis que mejor resuman lo que quiero decir. Vamos, no necesariamente lo que quiero decir: más bien la reacción que se espera de mí y que procuro transmitir. Porque he notado que debido a los desmanes prevalecientes me esfuerzo en reaccionar como es debido, de manera previsible y precisa, y supongo que habrá siempre un emoji que induzca esa impresión, uno cabal y complaciente.
Sin embargo, el ambiguo lenguaje de los emojis recuerda algo que escribía un humorista español en la época de la dictadura franquista, cuando, dentro de límites inesperados y no sin riesgo, se podía reír y hacer reír sin consecuencias. Era el tiempo en que, para el común de los mortales, se pasó de las prendas hechas a medida a las prefabricadas, en las que se entraba quieras que no en una dimensión determinada e inflexible, o más grande o más pequeña, pero casi nunca justa. El cómico aprovechaba esa circunstancia para decir que era un hombre deforme, un Quasimodo, porque nunca daba con su talla.
El emoji ahorra tiempo y palabras. Uno entra en él, adopta una expresión, y lo mismo que hace el interlocutor, asume que refleja un sentimiento, una idea o una opinión. Claro que reduce el peligro que significa la libertad de explicarse: escoger las palabras, prefiriendo unas a otras e invocando las que mejor reflejan lo que se quiere decir, o las que mejor lo encubren, dotarlas de contenido emotivo o restárselo, o lo que sea.
El emoji es como una máscara. Siento una inocultable afición por las máscaras, no en vano convivo en una comunidad que ha anidado muchos mascareros a partir de uno más talentoso que los demás que fijó el tipo. Las máscaras, como se sabe, ocultan el rostro del que las lleva, pero no solo eso: son una impostura, porque en ocasiones lo revisten de un carácter que en realidad no tiene.
Pero no creo que los trajes prefabricados o las máscaras hayan enrumbado el mundo por un camino tan alevoso y falso como lo han hecho los emojis. Así me lo sugirió un personaje de la novelista argentina Claudia Piñeiro, que por las mañanas revisa su teléfono y responde con emojis, los primeros que aparecen: beso, corazón, sonrisa, enojo, frustración.
Carlos Arguedas Ramírez fue asesor de la Presidencia (1986-1990), magistrado de la Sala Constitucional (1992-2004), diputado (2014-2018) y presidente de la Comisión de Asuntos de Constitucionalidad de la Asamblea Legislativa (2015-2018). Es consultor de organismos internacionales y socio del bufete DPI Legal.