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¡La culpa de todo la tienen los boomers!

El legendario cantautor canadiense [[LINK:TAG|||tag|||6336173aecd56e3616932230|||Leonard Cohen]] tiene un himno titulado «There is a war» («Esto es la guerra»), publicado en 1974, aquellos años agitados de la contracultura. «Hay una guerra entre los ricos y los pobres/ una guerra entre el hombre y la mujer/ hay una guerra entre quienes dicen que hay una guerra/ y quienes dicen que no la hay», recita Cohen. Los setenta fueron tiempos crispados en lo político y boyantes en lo económico, lo cual suaviza bastante los conflictos, al menos en Estados Unidos.

Hoy vivimos una época igualmente convulsa, pero dominada por la escasez económica, lo que recrudece los combates, hasta el punto de que ha aparecido uno inesperado: la guerra de treintañeros contra los «boomers», sesentones que vivieron los años dorados del capitalismo liberal, donde España tenía algo parecido al Estado del Bienestar.

Seguro que les ha llegado algún eco de la batalla, aunque sea en sus formas más superficiales, la de expresiones de redes sociales como «OK Boomer» –para indicar a los viejunos que dejemos en paz a los jóvenes– o etiquetas despectivas como «generación de cristal» –que usan los veteranos para menospreciar a los chavales–.

Ahora el combate baja a los detalles con libros como el polémico [[LINK:INTERNO|||Article|||695295b229e7100007bafe6c|||«La vida cañón. La historia de España a través de los ‘‘boomers’’»]] (Temas de hoy, 2025), con el que la periodista Analía Plaza ha vertido gasolina sobre el choque generacional. ¿La tesis principal? «La vida cañón es la vidorra que se están pegando Búmer Bumérez y Charo Chárez ahora mismo. Si ya están jubilados, porque les ha quedado una buena pensión; si están a punto, porque no tienen malos sueldos, su casa está pagada y los hijos ya están colocados. Por grupos de edad, los mayores de 65 y 75 años son los más ricos de España, seguidos de cerca por los mayores de 55. Esto sucede porque son, en su mayoría, propietarios de sus viviendas, que se han revalorizado muchísimo con el tiempo», resume la propia autora.

Analía Plaza insiste en que su libro no es un ataque contra los «boomers», pero algunos titulares de sus entrevistas han incendiado las redes sociales, a veces con tormentas de insultos contra la autora, que aún no ha cumplido los cuarenta años.

Su estilo de escritura no contribuye a la pacificación: en alguna entrevista ha descrito al «boomer» medio como alguien «que se compró un piso por dos almendras en los ochenta, que quizá vendió en la burbuja por el triple y que hoy cobra rentas del alquiler, bien porque ha heredado algún piso de sus padres o porque ha decidido invertir en ladrillo como buen español. En el trabajo, Búmer Bumérez es tu compañero el que está a punto de jubilarse, que no sabe usar Excel, pero cobra el triple que ese ‘‘millennial’’ que empezó con un sueldo de 500 euros, que ha encadenado empresas, que ha pasado varias veces por el paro y que, si ahora tiene una nómina más o menos decente, se la deja en alquiler», denuncia esta periodista madrileña.

Un debate que no es nuevo

El debate ya lleva tiempo en marcha: hace un lustro alcanzó otro pico de intensidad cuando la periodista Ana Iris Simón publicó «Feria» (2020, Círculo de Tiza), unas memorias del tránsito de su juventud a la madurez, que consagraron la frase «envidio la vida que tuvieron mis padres».

Simón sentía que la estabilidad, los lazos sociales y la falta de pedantería posmoderna son aspectos envidiables de la España de sus progenitores. Y se mostraba autocrítica con su propia generación. «Gritamos a los cuatro vientos que no podemos tener críos ni casa, y esto es verdad, pero también es verdad que no queremos, que tenemos que hacer ‘‘muchas cosas antes de asentarnos’’. Obviamos que, para las clases populares, tener un hijo siempre ha supuesto esfuerzos y renuncias. Esfuerzos y renuncias que, a día de hoy, no estamos dispuestos a hacer: preferimos trabajar veinte horas pero ‘‘de lo nuestro’’ con sueldos de miseria e inestables durante años a tener cualquier otro empleo, hacinarnos en pisos compartidos del centro en lugar de irnos a la periferia con nuestras pareja», explicaba.

Lo paradójico es que Ana Iris Simón escribió un libro personal que se convirtió en generacional, mientras que Analía Plaza pensó un texto social que ha terminado generando reproches a la autora, por su escasa delicadeza al hablar de sus mayores –algunos de sus amigos más cercanos acusan a los detractores de bullying–.

La tendencia editorial no ha dejado de acrecentarse. Estos días se ha anunciado para febrero otro ensayo, «Los hijos de los ‘‘boomers’’» firmado por la periodista Estefanía Molina y muy basado en datos sobre la brecha de edad. La premisa de partida es que «la democracia no solo se legitima por sus bondades –igualdad, libertad– sino también por sus resultados. En eso estamos fallando a nuestros jóvenes», resume. El libro promete un análisis del trayecto que va «de la muerte de la clase media al auge de una generación antisistema», es decir el brusco giro a la derecha de los menores de treinta años (sobre todo, ellos). En realidad, este proceso sociopolítico ha afectado a toda la sociedad española.

Un giro conservador

Las promesas incumplidas de la Transición son el sustrato sobre el que han crecido los malestares que llevan al estallido del 15-M, las protestas de Ferraz y el surgimiento de la juventud más tradicionalista desde los años treinta del siglo XX. ¿Tienen derecho los jóvenes españoles a volver al «Dios, Patria y familia» o hay que considerarlo una patología política?

En realidad, no está tan claro que la guerra generacional exista, al menos no con la crudeza con que se la describe. En la crisis de 2008, con el estallido de la burbuja inmobiliaria, fue la solidaridad interfamiliar la que salvó a muchos españoles de la miseria. Es habitual ver abuelos cuidando niños en los parques o escuchar que cincuentones se salvaron de vivir debajo de un puente gracias a ser acogidos por sus padres. ¿Qué guerra es esa dónde los enemigos se abrazan en las trincheras?

Ampliando un poco el enfique, podemos decir que muchas veces el factor generacional enturbia más de lo que aclara, ya que relega a un segundo plano elementos tan cruciales como la clase social, el nivel educativo o la brecha entre grandes ciudades y las pequeñas (no hablemos ya del campo).

Tanto los medios de comunicación como el sector editorial buscan narrativas espectaculares, muchas veces basadas en el victimismo, para atraer la atención de los lectores.

«Estos son malos tiempos: los hijos han dejado de obedecer a sus padres y todo el mundo escribe un libro», lamenta el célebre aforismo de Cicerón. Desconfiemos de quien quiere sembrar la discordia y honremos a quien propone reconstruir algo juntos basándonos en los logros de nuestro pasado.

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