Vladimir Putin deja a millones de ucranianos sin luz y calefacción
Los ataques aéreos rusos han llevado el sistema energético de Ucrania al límite, dejando a unos 30 millones de personas sin acceso fiable a electricidad y calefacción, justo cuando las temperaturas oscilan entre 5 y 20 grados bajo cero.
En Kiev, Olda Bodnarovska, contable, calienta su apartamento colocando varios ladrillos secos sobre una capa de arena en una sartén y manteniendo el fogón de gas al mínimo. Una vez calientes, los traslada a otras habitaciones para que emitan calor, mientras repone más en la cocina para mantener el ciclo constante.
“Es similar a cómo mi abuelo, ingeniero, sobrevivió durante la Segunda Guerra Mundial”, cuenta a LA RAZÓN desde una ciudad que vuelve a vivir el impacto de la guerra.
La invasión rusa ya ha superado en duración al conflicto entre la URSS, liderada por Moscú, y la Alemania nazi. Casi cuatro años después del inicio de la invasión, Rusia logra solo avances limitados en el frente y Ucrania mantiene la defensa, por lo que el Kremlin apuesta por destruir la infraestructura energética para generar caos y forzar la rendición.
El reciente ataque masivo contra plantas térmicas de Kiev dejó sin calefacción centralizada a 6.000 edificios residenciales de múltiples apartamentos. Por primera vez en la historia, se tuvo que vaciar el agua del sistema de calefacción para evitar averías irreversibles en temperaturas bajo cero.
Las reparaciones de emergencia han mejorado parcialmente la situación, pero muchos residentes pasaron días sin calefacción y la electricidad sigue llegando de forma esporádica.
“No puedo quejarme, porque muchos están mucho peor”, dice Bodnarovska, que solo dispone de 6-7 horas de luz al día en intervalos a menudo impredecibles. La calefacción en su apartamento ya está casi normalizada; usa powerbanks, linternas y una pequeña estación de carga para mantener el ordenador y el acceso a internet.
En hogares dependientes de aparatos eléctricos o con averías graves por caídas de voltaje, la crisis es aún más dura. El agua congelada ha hecho reventar radiadores, como ocurrió en el edificio donde está la oficina de Alisa Yevlaj, agente inmobiliaria.
“No hubo calefacción varios días. Todavía hace mucho frío y nos calentamos con botellas de agua caliente”, relata a LA RAZÓN, aprovechando los breves periodos nocturnos con electricidad para cargar el teléfono y aparatos esenciales.
Algunos apartamentos se enfrían rápidamente, con temperaturas interiores cercanas a cero ya reportadas. En las zonas más afectadas se han instalado carpas de emergencia con camas improvisadas.
Tanto Yevlaj como Bodnarovska están convencidas de que los planes rusos fracasarán.
“Al contrario, esto une a la gente. Muchos se ayudan mutuamente”, comparte Yevlaj; familias y amigos se turnan para visitar hogares con electricidad y sobrellevar los peores momentos.
“La vida continúa. Negocios abiertos, tiendas y panaderías funcionando, generadores zumbando”, señala Bodnarovska. “El surtido y los horarios son más limitados por la capacidad de los generadores, pero la gente se ha adaptado”.
Cientos comparten en redes sus trucos para combatir el frío: dormir en sacos de dormir, montar tiendas de campaña turísticas dentro de los dormitorios o usar métodos improvisados similares al de Bodnarovska.
Con el sistema ya muy dañado por meses de ataques diarios que no han dejado intacta ninguna gran planta de generación, Rusia está aprovechando el frío inusual que podría prolongarse hasta finales de enero, así como la falta de reacción por parte de Estados Unidos y los suministros lentos de misiles antiaéreos para Ucrania.
Cada día trae nuevos ataques contra plantas o la red eléctricas, así como la infraestructura gasística, lo que complica aún más la distribución de la energía restante y hace más difícil recuperarse.
Aun así, Ucrania resiste: cientos de ingenieros trabajan sin descanso, apoyados en equipamiento extranjero; tres centrales nucleares bajo control de Kiev generan la mayor parte de la electricidad.
Rusia ha evitado atacar directamente las nucleares, pero sus subestaciones vitales en los alrededores han sido golpeadas y podrían ser objetivo de un gran ataque inminente, según la inteligencia militar ucraniana.
“Ataques cínicos del enemigo buscan crear una catástrofe humanitaria”, denunció el domingo Sergi Kovalenko, director de la empresa “Yasno”, un mayo proveedor de electricidad.
“Nos esperan tiempos muy difíciles. Pero creo que sobreviviremos”, afirma Bodnarovska, que considera a su ciudad natal “el cerebro y el corazón de Ucrania” y no piensa abandonarla pase lo que pase.
Hay la sensación de que los socios extranjeros podrían hacer más para presionar a Rusia y reforzar las defensas ucranianas, como recordó Volodimir Zelenski al señalar que algunos sistemas antiaéreos se habían quedado sin municiones.
Aun así, la mayoría confía sobre todo en su propio esfuerzo. Se organizan, resisten los ataques y también exigen mayor responsabilidad al Gobierno, a la espera de soluciones más estratégicas.
“Si nos cruzamos de brazos y nos quejamos de lo mal que está todo, no conseguiremos nada. Nuestros antepasados superaron más de una guerra y nosotros también sabremos sobrevivir y perseverar”, concluye Bodnarovska.