Juan Urruti, doctor en Filosofía y periodista: "De las siete posibles causas del accidente ferroviario de Adamuz, se pueden descartar todas menos dos"
La investigación sobre el accidente ferroviario ocurrido en la noche del domingo cerca de Adamuz (Córdoba), en un tramo de alta velocidad, sigue marcada por la conmoción y por la prudencia institucional. Con el balance provisional todavía abierto, las autoridades han comparecido en las últimas horas para trasladar su pésame y prometer una aclaración rápida de lo sucedido.
En ese contexto de dolor y de incertidumbre, el doctor en Filosofía y periodista Juan Urruti (@juan_urruti) ha difundido un análisis en vídeo en el que pide contener la especulación y ceñirse a lo verificable.
Un descarrilamiento y un impacto casi simultáneo
Según la reconstrucción que describe Urruti a partir de la información disponible y de un gráfico, en la zona circulaban dos trenes en sentidos opuestos: un convoy de la compañía Iryo que viajaba de Málaga a Madrid y un Alvia que venía en dirección Madrid-Huelva. Urruti sostiene que ambos circulaban por debajo del límite del tramo: "Las velocidades máximas en ese tramo pueden llegar a ser de 250 km/h. Sin embargo, ninguno de los dos trenes iba cerca de la velocidad máxima".
El elemento clave, tal como lo relata, estaría en la cola del tren de Iryo. "Parece ser que quien descarrila es el último vagón, el número 8", señala, apoyándose en lo que atribuye a declaraciones del presidente de la compañía. Ese movimiento brusco habría provocado el golpe con el Alvia que llegaba de frente apenas unos segundos después: "Según parece, en 20 segundos, o sea, prácticamente simultáneo".
La consecuencia, en su narración, fue devastadora en los primeros coches del segundo convoy. Urruti apunta que los vagones iniciales "se estampan contra un arcén", quedando "absolutamente machacados", y sitúa ahí el grueso de las víctimas.
7 hipótesis del accidente
El núcleo del mensaje de Urruti es un intento de ordenar el caos inicial con un método de descarte. En su vídeo recuerda que, "haciendo un análisis teórico", podrían contemplarse "hasta siete causas" para un siniestro de este tipo.
Una de las líneas que considera menos probable es la de un fallo de señalización. "Esto parece que sí se puede descartar", afirma, porque no se trataría de un choque frontal motivado por un cruce de vías o por un error de control de tráfico, sino de "un vagón que por algún motivo se sale de su línea".
También rebaja la hipótesis de un fallo humano deliberado y, de paso, evita insinuaciones graves sin soporte, indicando que no hay indicios de que el maquinista de Iryo "haya saboteado" nada. En la misma línea sitúa el terrorismo como una posibilidad remota: "En principio se puede descartar, no parece que ha habido ninguna amenaza ni nadie que quiera reivindicar esto".
A partir de ese filtro, Urruti asegura que "esto no ocurre porque sí, esto es un fallo o del vagón o de la vía. No hay más".
En esa dicotomía, la primera opción remite al estado de la infraestructura y al mantenimiento de la línea. Urruti no afirma que las vías sean responsables, pero insiste en que no puede descartarse: "Puede ser que las vías fueran deficientes, que se hubiera dejado alguna pieza suelta, que alguna pieza fuera defectuosa". Y desliza un foco especialmente sensible: la cadena de subcontratación. "Los sindicatos quejándose de que esto se subcontrata, así que vete tú a saber", comenta, insinuando que, si se probara una negligencia en el mantenimiento, podría haber "responsabilidad penal".
La segunda gran vía sería el material rodante, es decir, el tren y sus elementos mecánicos. Urruti asevera que, por la información que atribuye a responsables políticos y a la empresa, el origen estaría en el convoy de Iryo: "Hoy por hoy parece que es el vagón de Iryo el que se sale de su lugar". Y refuerza la idea de causalidad técnica: si la velocidad no era excesiva y el tramo era recto, el desprendimiento del último coche "no puede ocurrir" sin una causa material concreta.
Aun así, en su lista aparece un último cajón de sastre que no descarta por completo, aunque lo considera improbable: el llamado "acto de Dios", una contingencia natural extraordinaria (una roca, un temblor, un fenómeno inesperado) capaz de provocar el descarrilamiento.