Los energizantes
Cuando algo deja de estar en su lugar y aparece en otro lugar, pueden haber pasado varias cosas. Que alguien haya movido, digamos, la planta con maceta y todo, desde el pretil de la ventana, adentro, al banco que está en la cocina y que casi nadie usa. Entonces, el razonamiento pudo haber sido, “si nadie usa el banco, la maceta estará mejor ahí, hace menos frío”. Pero es también posible que nadie la haya movido y la planta se haya ido sola, por aburrimiento. Nadie sabe en verdad si las plantas, que son seres vivos, un día agarran y deciden moverse, cansadas de esa quietud aparente atesorada casi únicamente por filósofos y poetas. En la narración suelen ser casi siempre decorativas, a no ser que se trate de la plantita de León, el asesino profesional del cine francés. Pero hay una tercera posibilidad. Puede que se trate de un fantasma. En las casas, independientemente de su antigüedad, suelen habitar seres de carne y hueso, seres de luz que llegado el momento tienen un ataque de ira y terminan lanzando al hermano menor un objeto contundente que va a parar a la cabeza de la bendición y ésta a la posta sanitaria y el ser de luz en castigo a su cuarto que encima ni siquiera es suyo porque vive de prestado, como un gran porcentaje de la población, que vive de prestado o peor aún, en situación de calle. Hay también, en las casas, seres de energía transformada, de esas que producen trabajo y generan cambios. Ya no de carne ni de hueso sino de las que mueven cosas por el aire, lanzan tenedores que se clavan en los muebles de madera. Es el caso por el que se entiende que el tenedor fue considerado hace siglos como un arma, un artefacto del diablo, una cosa que una mujer supo defender e imponer, finalmente. En el caso de la planta, es probable que una clase de energía, que en su tiempo pudo haber sido el trastatarabuelo de alguien de la casa, haya decidido cansarse de hacer nada y a partir de determinado minuto se puso a reordenar la casa, empezando por la plantita de la ventana, que había sido puesta ahí contra su voluntad. Hay personas, un escritor de las alturas, por ejemplo, que sostenía que las cosas eligen su lugar, que mandan a las personas a ponerlas ahí y no en otro lugar. Por eso, hay el lugar de la maceta, el lugar de la regadora, el lugar del libro sobre pintura expresionista, el lugar del cosito en el que se pone a los lápices a vivir la vida loca. Hay el lugar que corresponde a las cucharillas desaparecidas y nadie sabe cuál es ese lugar, casi de la misma forma como algunos funcionarios no saben cuál es el lugar que les corresponde en la ecuación política que los terminó poniendo en determinada silla detrás de un escritorio que da a la puerta que siempre temen que se abra y entre un memorándum de agradecimiento de funciones y buenos deseos de que tenga una vida buena y próspera en sus nuevos desafíos. Y el funcionario de salida, no tiene, tampoco, la menor idea de cuáles serán esos nuevos desafíos en un tiempo en el que tener trabajo es un asunto que se agradece como se agradece el pan y el vino bueno, que termina siendo cualquiera que le guste más a quien lo bebe.
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Las cosas en su sitio, finalmente dependen de factores tan claros, como la ciencia del caos, las probabilidades, el humor, la paciencia, la disponibilidad de espacio, la actitud, el país, la cara frente al espejo, el estado de los bolsillos en el momento preciso. Las cosas como un vaso comunicante, ahí, en su lugar.
(*) Óscar García es compositor y escritor
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