Esquilo, Sófocles y Eurípides -los tres grandes autores del teatro griego clásico- son la base de ' Tebanas ', el espectáculo de Ay Teatro que llega este jueves 22 al Teatro de La Abadía , donde estará hasta el 15 de febrero. 'Edipo Rey', 'Siete contra Tebas', 'Fenicias' y 'Antígona' forman parte de la dramaturgia que ha realizado Álvaro Tato -que ha insertado un homenaje a Aristófanes con un fragmento de 'Los muertos' y otro de la 'Antígona' de María Zambrano- para una función que dirige Yayo Cáceres . Tato y Cáceres forman -junto a la productora Emilia Yagüe - Ay Teatro, una compañía que nació hace siete años al abrigo de Ron Lalá , conjunto al que están ambos vinculados. «Álvaro y yo necesitábamos una carretera paralela -explica Yayo Cáceres- en la que poder hacer lo que sabemos que no vamos a hacer nunca con Ron Lalá. Son caminos paralelos». La compañía -que ha estrenado seis espectáculos ya- tiene como «uno de los objetivos principales de la compañía el de propiciar un acercamiento artístico a los clásicos desde puntos de vista insólitos o sorprendentes». Es lo que se quiere también al poner en pie 'Tebanas', que Tato y Cáceres empezaron a sobrevolar durante la pandemia. «De hecho, Álvaro escribió la versión ya entonces, pero eso se quedó en el tintero... Pero visto cómo está el mundo y lo que sucede día a día creemos que es imprescindible contar estas historias pasadas para mejorar el presente y tener un buen futuro . Se está hablando de pactos no cumplidos, se está hablando de inmigrantes, de exiliados, se está hablando del derecho a a una muerte digna y a una sepultura... Edipo nos regala una de las frases más extraordinarias que se hayan escrito jamás: 'que nadie considere que ha sido feliz hasta que llegue el final de su vida y haya vivido a salvo del dolor'. Es demoledoramente actual con lo que vemos a nuestro alrededor, y creo que, como ciudadanos, tenemos la obligación de posicionarnos ante esto y decir que detrás está la vida de la gente... Siempre». Han pasado más de dos mil años desde los tiempos de los tres autores griegos, y seguimos hablando de los mismos problemas y cometiendo los mismos errores. No hemos aprendido nada. «Ni aprenderemos -cree Yayo Cáceres-; creo que es la condición humana. Tampoco creo que nade sea bueno o malo; todos somos luz y sombra y respondemos con lo que nos viene. Las cuatro o cinco cosas que nos desvelan a los seres humanos siguen siendo las mismas : el amor, la amistad, la tierra, la tribu, la muerte, no saber de dónde venimos ni a dónde vamos... Vivimos dando vueltas alrededor de lo mismo y, en mi opinión, vivimos haciendo autoficción; preguntándonos en qué lugar se entroncan los clásicos con cosas de nuestra propia existencia, ¿por qué a uno le surge hacer determinada obra y otra no? Creo que es porque tiene que ver con cómo nos hemos criado y lo que hemos vivido». Asegura Yayo Cáceres que han abordado la tragedia «desde un lugar de rabia; no como algo intelectual de gente hablando desde un lugar elevado, sino como un conflicto familiar de hermanos que se pelean. Cuando Edipo mata a Layo tendría 15 años, así que tendría 40 cuando pasa lo que pasa; sus hijos deben de tener veintipico años. Es decir, estamos hablando de gente muy joven que se dejaba la vida en las batallas; hay una cosa de furia juvenil, digamos, 'testosterónica', que hemos intentado que esté en el escenario con los seis jóvenes intérpretes - Cira Ascanio, Marta Estal, Mario García, Fran Garzía, Daniel Migueláñez y Mario Salas de Rueda -, que son extraordinarios. Creo que había que quitarle la pátina intelectual y haber hecho un montaje físico». A los tres autores han añadido textos de María Zambrano -«un fragmento de un monólogo en el que Antígona habla de ella y del amor, y que es una absoluta maravilla, como todo lo que escribía esta mujer», señala Cáceres- y Aristófanes : «un interludio, que es un homenaje a este autor, en el que aparecen unos enterradores luego de la batalla de Tebas. Ahí descomprimimos con un drama satírico, al estilo de las competencias de las tragedias en en la Grecia clásica; nos despendolamos un poco... Pero a la gente le cuesta un poco reírse porque vienen de ver cómo los hermanos se arrancan la vida el uno al otro». Y es, que, sentencia el director, «sin humor no se puede vivir». Asegura Yayo Cáceres que trabaja siempre « desde la intuición . No me considero un intelectual; me considero un hombre de teatro que nació en el campo (nació en Curuzú Cuatiá, en la provincia argentina de Corrientes, en 1965). En mi provincia algunos problemas familiares se siguen arreglando a cuchillo, y eso es lo que me evoca la función». Recuerda el director que siendo niño contempló una escena: «un trabajador de la finca andaba flirteando con la hija del capataz, Don Rojas, y a aquel se le ocurre decirle: 'Yo sé enfrentar hombres'. Inmediatamente el capataz sacó el cuchillo y de dice: '¿qué dijiste? 'Se me escapó la palabra, Rojas' Y se subió al caballo y se fue. Porque lo siguiente era cobrarse la vida por una afrenta familia; es Helena de Troya , no deja de ser una tragedia griega en pleno siglo XX, en el campo, en Corrientes, en Argentina, en un lugar donde nos hemos criado con esa cosa atávica». Pero todo ello, por supuesto, presentado como un juego, que eso es, al fin y la postre, el teatro. «Con un juego en el que, como siempre, no hay prácticamente nada en el escenario: un cajón, unas lanzas, unos palos y poco más. Los actores son la escenografía prácticamente; como si todo saliera del coro y todo volviese a él ; y ese coro somos nosotros, los ciudadanos». Y es que, conviene Cáceres, hay algo mágico en la comunicación que se produce entre el público y el escenario en montajes tan esenciales. «Me parece un hecho mágico por el ritual; cuando un actor sube al escenario somos todos nosotros los que estamos ahí, El teatro es probablemente uno de los pocos lugares de elevación que quedan; uno de los males de nuestro tiempo es la pérdida de elevación. Alguien saca una guitarra y todo el mundo abre internet para buscar la letra y se pone a cantar. '¡No, no, escucha; cállate y escucha!' El escenario sigue siendo un lugar de elevación en el que nos topamos con un retrato de lo que somos y de nuestras cosas de la condición humana. Tenemos que recuperar ese sentido de elevación, no dejar que se pierda, y el teatro es uno de los lugares donde permanece».