DOMINGA.– En la costa noreste de Puerto Rico, Loíza late al ritmo de los tambores de bomba, los versos de trap y los pinceles de Samuel Lind, su artista más emblemático. En este pequeño municipio, herencia viva de la cultura taína, africana, española y caribeña, el arte no es un lujo: es un modo de sobrevivir y resistir. Hay lugares que parecen resistirse al olvido y otros que se encargan de recordarle al mundo de dónde venimos. A media hora de San Juan, la capital, Loíza no sólo es uno de los municipios más antiguos de Puerto Rico, es también un milagro cultural. Allí, donde el mar acaricia la costa de manglares y arena negra, la historia no se lee en los libros, se escucha en los tambores, se huele en el sudor del baile y se contempla en las manos de los artistas que lo han hecho una extensión de su espíritu.Con poco más de 23 mil habitantes, entre el fervor religioso y la irreverencia musical, el pueblo es el corazón afroboricua de la isla, un lugar donde los santos conviven con los orishas, donde las vírgenes se confunden con las deidades yorubas que cruzaron el Atlántico, ocultas tras los rosarios del catolicismo. Loíza, sin saberlo, ha conservado una parte del mundo que muchos creyeron perdida.Samuel Lind, pintor y escultor de 73 años, ha rechazado abandonar su pueblo y ha convertido su estudio en un santuario abierto al público donde las diosas y los rostros boricuas se funden en esculturas y lienzos que viajan por el mundo. Su obra, que mezcla lo espiritual, lo natural y lo femenino, es reflejo de un territorio que no cesa de reinventarse, dondela santería se entrelaza con el catolicismoy la música se convierte en herencia y revolución. En este territorio de memoria y tambor, Samuel Lind ha levantado su propio universo. Su estudio, en una calle silenciosa del barrio Medianía Alta, es templo. Las paredes rezuman pigmentos que parecen mezclados con sudor, sal marina y rezos. En una esquina, figuras femeninas talladas en bronce y madera custodian el espacio; en otra, lienzos monumentales revelan las guardianas del mar, de la tierra y la vida.Loíza ha dado origen a músicos que acompañan a celebridades en escenarios globales, como Bad Bunny y Rauw Alejandro, pero que vuelven siempre a su raíz: el tambor, el canto y la comunidad. En el arte de Samuel Lind y en las calles de Loíza conviven siglos de historia que aún danzan bajo el sol del Caribe.Las diosas de Samuel Lind no seducen, iluminanA pesar de su reconocimiento internacional –sus obras son exhibidas en galerías de Estados Unidos, Europa y el Caribe–, Samuel Lind ha decidido quedarse. Se ha negado a abandonar Loíza, aunque el mundo lo haya invitado a hacerlo una y otra vez. “Mi arte no podría existir en otro sitio”, ha dicho. El visitante que entra al estudio de Lind siente, más que observar, una energía que envuelve. A veces hay música de bomba en el fondo; otras, sólo el sonido de los gallos que entran y salen, o del viento que refresca un poco el ambiente. El artista, de barba gris y mirada serena, suele recibir a los turistas sin protocolo. Habla despacio pero con una alegría que contagia. No tiene prisa: su obra, dice, pertenece al tiempo de la naturaleza, no al de la ciudad.“Si hay algo que entiendo es lo que veo en la naturaleza, en la diosa Madre Tierra”, explica cuando se le pregunta sobre los elementos que lo inspiran. “Y en mi obra tú vas a ver la fertilidad, que es lo femenino, contrario a ese espacio donde está flotando [un octágono], que representa el lado masculino. Cuando lo hice aquí en madera, salieron los elementos de la propia pieza, los cuatro elementos que me conecta cuando hablo con el agua para crear”, comparte el artista, mientras nos muestra una de sus esculturas de mayor formato.La experiencia de estar en su estudio –abierto al público en ciertas ocasiones– es entrar en contacto con un mundo donde la espiritualidad se convierte en estética. En los cuadros de Lind, los cuerpos femeninos son templos que honran la fertilidad, la fuerza y la conexión con la tierra. No hay erotismo gratuito, sino un llamado a la contemplación. Sus diosas no seducen, iluminan. En sus esculturas, la madera parece respirar, como si en cada fibra hubiera quedado atrapado el espíritu de los ancestros.Su lenguaje visual entrelaza lo visible y lo invisible. La santería y el catolicismo, los rituales y las plegarias, las máscaras de vejigante (como llaman a personajes populares que recorren las calles en los días de carnaval) y las vírgenes coronadas, todos coexisten en su obra con una naturalidad que sólo puede entender quien ha visitado Loíza, quien ha sentido el poder de los tambores en una fiesta de Santiago Apóstol o ha bailado junto al mar al ritmo de la bomba.“No profeso una religión como tal, aunque me gusta la santería –advierte–. No puedo evitar ser cristiano. Bueno, la santería tiene mucho de eso, o no les llamaríamos ‘santos’, pero creo que guardo un guiño de muchas cosas. Yo soy espiritual completamente. Aquí no hay grandes altares. Mi casa, como mi alma, es una revoltura”, dice y muestra una colorida escultura a unos pasos de la puerta principal.“Esta es una mano poderosa. No es una réplica de mi mano y, aunque yo lo hice para poner mis cosas, pasa que se volvió escultura. Pero si hay una expresión artística de Puerto Rico, principalmente jíbara, pues el jíbaro las hace de palo, las talla, y en los dedos les pone una figurita. Representan a la familia de Cristo en los dedos. En Puerto Rico le llaman la mano poderosa. Yo tengo una arriba”, dice, mientras nos dirige al segundo nivel.Las piezas del boricua se funden en Cuernavaca, MéxicoLa casa es estudio y el estudio, ofrenda. Desde allí pinta, esculpe, enseña y recibe a artistas, curiosos y viajeros que buscan entender por qué Loíza no se parece a ningún otro lugar. “Creo que la nacionalidad es como las religiones, todos tenemos un poco de todo. Aquí tengo billetes de todo el mundo”, dice y muestra una enorme carpeta. “Trabajo aquí pero mando a fundir mis piezas desde hace muchos años en México [en un taller ubicado en Cuernavaca, Morelos]), así que mi casa es un hogar de todo aquel que lo desee”, expresa orgulloso. No es casual entonces que figuras como Bad Bunny, Rauw Alejandro o Tego Calderón hayan pasado por su estudio, atraídos por esa mezcla de misticismo y verdad. Rauw, incluso, lo eligió para pintar la portada de Carita linda, uno de sus sencillos más personales: una imagen que condensa el sincretismo loiceño, la energía femenina y la espiritualidad afrocaribeña que caracterizan la obra de Lind. En esas visitas, entre tambores y conversaciones, se cruza el hilo invisible que une al arte con la música, a los ancestros con la modernidad, a la santería con el trap.Loíza ha sido también cuna de músicos legendarios y semillero de los nuevos ritmos que dominan la escena mundial. En sus calles nació Alaín Pérez, percusionista de renombre; crecieron productores que hoy giran por el mundo junto a Bad Bunny; y se formaron jóvenes intérpretes de bomba que han llevado este ritmo a festivales internacionales. La bomba, nacida del dolor y la resistencia de los esclavos africanos, es hoy un lenguaje de identidad y orgullo. Cada golpe de tambor es una afirmación de vida, una forma de decir: “aquí seguimos”.En las plazas y playas, la música no cesa. En una esquina suena la salsa de Héctor Lavoe; en otra, un grupo improvisa versos de trap; más allá, una familia ensaya para la próxima fiesta patronal. Todo convive sin jerarquías. La bomba, el reguetón, la salsa y el trap son parte de una misma conversación sonora. Es un sincretismo musical tan natural como el religioso. Loíza no elige entre pasado y futuro, los mezcla para hacerlos inseparables.Esa misma energía vital se respira en las festividades de Santiago Apóstol, a finales de julio, donde los colores, los tambores y las máscaras estallan en una coreografía de fe y celebración. Las comparsas recorren el pueblo entero con un ritmo que no distingue entre lo sagrado y lo profano. Allí, la religión y la música son una misma forma de resistencia, un mismo modo de afirmar la existencia afrocaribeña en un país que durante siglos intentó blanquear su historia.Samuel Lind ha capturado todo eso. En su obra, el pueblo se multiplica: es mujer, es mar, es danza. Sus diosas miran al espectador con una dignidad que trasciende el tiempo. Hay en su arte una reverencia hacia lo femenino que también es política: un homenaje a las madres, a las abuelas, que mantienen viva la tradición.Por eso, el visitante que sale de su taller lo hace transformado. Afuera, el calor golpea con la misma intensidad con la que adentro lo abrazó la espiritualidad. Las calles del pueblo siguen sonando, los niños corren entre casas de colores, los vendedores ofrecen alcapurrias y piñas frías. Todo parece normal pero Loíza nunca lo es. Es un lugar donde la historia no ha sido reemplazada por el turismo, donde el arte sigue siendo una forma de comunión.Lind lo sabe. Por eso, cuando pinta, lo hace con la certeza de estar continuando una cadena milenaria. Hoy, mientras la globalización transforma las tradiciones en productos y las raíces en modas pasajeras, Loíza resiste. Y lo hace no desde la nostalgia, sino desde la creación. Cada joven que baila bomba y luego sube un video de trap a las redes, está reinventando el legado. Cada artista que visita el estudio de Lind y se lleva una chispa de su energía está asegurando que la historia no se extinga.GSC/ATJ