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Lucía Solla: "No hay un perfil de víctima, cualquiera puede serlo"

No suele dictar la norma que una primera novela alcance la repercusión que ha conseguido Lucía Solla Sobral (Marín, 1989) con “Comerás flores”. Cierto es que desde el primer vistazo su llamativa cubierta amarilla y un título tan poderoso como perturbador funcionan casi como una declaración de intenciones. La obra ha cosechado el aplauso tanto del público como de la crítica, y en ella Solla demuestra una admirable capacidad para equilibrar dolor y belleza en una misma página. A través de la relación de amor tóxico entre Marina y Jaime (su pareja, veinte años mayor que ella), la autora despliega una trama que va mucho más allá del vínculo sentimental. En realidad, la novela navega por territorios profundamente reconocibles para un amplio abanico de lectores: la identidad, las amistades, la familia y todo lo que implica el proceso, a veces demasiado duro, de hacernos mayores.

Para empezar por los inicios: ¿cómo llegas a “Comerás flores”? ¿Cuál fue el punto de partida de la novela?

La primera chispa vino a raíz de un caso real: una relación de maltrato entre dos mujeres. Eso me hizo pensar mucho en el tema, sobre todo en el silencio que lo rodea. Me impactó darme cuenta de lo poco que hablamos del maltrato, quizá por vergüenza o porque es muy difícil identificarlo cuando estás dentro. A partir de ahí empecé a revisarme a mí misma. Yo había tenido alguna relación en la que dejé pasar comportamientos machistas que rozaban el maltrato, o que directamente lo eran, y nunca los había verbalizado. Entonces llamé a mis amigas y descubrimos que todas habíamos callado cosas, Siempre piensas que eso te pasa solo a ti, o a alguien lejano, y no es así. Un año después vi que Marta Jiménez Serrano daba un taller online, presenté esos dos párrafos y ella me dijo: “Aquí hay una novela”. Y así empezó todo.

¿Tenías claro desde el principio el final de la historia? Sin entrar en spoilers, ¿sabías que querías un final esperanzador?

Tenía muy clara la parte de la rabia, del darse cuenta de lo que está pasando, de cómo empieza a pensar la huida... pero no sabía qué pasaba después. Empecé escribiendo ese “final previo”, luego el nudo y, curiosamente, el principio fue lo último. No fue una escritura lineal. A medida que me iba documentando (hablando con amigas, con un psicólogo, leyendo mucho sobre violencia machista), incorporaba cosas. Cuando ya tenía casi toda la novela escrita y fui consciente de la dureza de la historia y de que quizá iba a publicarse, me pareció prudente dejar una puerta abierta a la esperanza. Si no, era una historia demasiado macabra. Ya es bastante terrible lo que ocurre como para dejar a la protagonista atrapada para siempre.

La novela ha conectado con un público de todas las edades. ¿Qué tiene “Comerás flores” para haber generado tanta identificación?

Creo que hay varios factores. Por un lado, la manera en que está escrita: tiene una frescura que atrae a gente joven, pero también a lectoras y lectores mayores, porque para ellos también resulta distinta. Y por otro, el personaje de Marina. Mediáticamente solemos tener una imagen muy concreta de la víctima: una mujer aislada, sin recursos, dependiente económicamente. Marina no es eso, es joven, formada, con referencias feministas, con trabajo, amigas y una familia estructurada. Puede ser cualquiera. Y aun así entra en una relación así, que es lo más común. No hay un perfil único de víctima: cualquiera puede serlo. Y respecto a los clichés del hombre mayor, la diferencia económica o el estatus, por desgracia, no son clichés literarios, son la realidad.

La novela también aborda muchos otros temas: el hacerse adulta, la familia, las amistades, el duelo...

Sí, hay una parte muy personal. El duelo por el padre de Marina se lo regalé a ella porque quería rendirle un homenaje a mi propio padre. Creo que el duelo solo se puede escribir y leer desde un lugar muy verdadero cuando lo has vivido. Si no, es muy difícil. Mucha gente me ha dicho que esa parte les tocó especialmente.

¿Cómo nacen el título y la portada, que son tan potentes?

El título surge de una escena concreta: una comida con la madre de Marina y Jaime. Él intenta conquistar a su “suegra” y la convierte en el centro de su universo, se olvida de Marina, que es vegana, y la madre le dice: “Al menos cómete esas flores”. Un año después, al presentarme a una residencia literaria en Santiago, revisé todos los archivos y ese fue el que más me llamó. Pensé: “Ya está”. Y a partir de ahí escribí toda la novela con ese título en la cabeza, dándole cada vez más significado. La portada fue un trabajo muy colectivo desde la editorial. Yo tenía claro que no quería colores rosas ni claros. También creo que en Asteroide la novela encontró su sitio; en otra editorial quizá habría pasado más desapercibida.

Tras la publicación, ¿qué tipo de respuestas te han marcado más por parte del público?

Recibo muchísimos mensajes, sobre todo de mujeres. Muchas ya han pasado por relaciones así; otras todavía están dentro; y algunas, mis favoritas, son las que dejan a su pareja después de leer el libro. A veces no son relaciones muy largas, pero empiezan a detectar comportamientos que ya no quieren normalizar. También me escriben hombres, algunos para decirme que han revisado sus propios comportamientos tras leer la novela. Eso me parece importantísimo. Lo más bonito es sentir que se genera una especie de sanación colectiva y el libro se convierte en un refugio.

Uno de los grandes logros de la novela es equilibrar belleza y dolor. ¿Cómo trabajaste ese tono?

Leía todo en voz alta. Eso fue clave. Me importaba mucho la sonoridad, la parte lírica, pero también la sensación de asfixia, porque necesitaba que quien leyera sintiese lo mismo que Marina. Al leer en alto me daba cuenta de si me estaba pasando hacia un lado u otro. Intentaba compensar los momentos más duros con recuerdos del padre, de la amiga y, a la vez, en las escenas más violentas, usar un lenguaje más poético para contrapesar el terror que cuentan esas mismas palabras.

En la novela no utilizas términos explícitos como “violencia de género” o “feminismo”. ¿Fue una decisión consciente?

Totalmente. Es una novela, no un ensayo ni un manifiesto. Cuando estás dentro de una relación así no piensas “soy víctima de violencia de género”, estás confundida, no sabes bien qué te pasa. Quería que cada lector o lectora interpretase desde su propio lugar. Por ejemplo, en una conversación entre Diana y Marina: alguien con conciencia feminista pensará “esto es maltrato”; otra persona no le pondrá ese nombre, pero le servirá igual.

¿Cómo entiende Lucía Solla el amor?

No estoy en contra del amor romántico, pero sí de la forma en que nos lo enseñaron. Para mí, el amor es un espacio donde puedes estar cómoda, marcar límites y decir que no, igual que con tus amigas. El problema es que socialmente se prioriza el amor romántico por encima de otros vínculos, y eso desdibuja los límites y hace que permitamos demasiadas cosas a cambio de mantener esa idea de amor.

La diferencia de edad es clave en la novela. ¿Qué querías explorar ahí?

Quería mostrar cómo esa diferencia suele romantizarse cuando es un hombre mayor con una mujer joven. Nunca se cuestiona qué hace él con alguien que podría ser su hija. Hay una desigualdad no solo generacional, sino también de género, de estatus, de capital social, económico y cultural. Ella cree que, por ser mayor, él será emocionalmente más maduro, más responsable, y no tiene por qué ser así. No niego que sea posible construir relaciones equilibradas con diferencia de edad, pero requieren mucha conciencia y trabajo.

Después de un debut tan potente, ¿qué viene ahora?

Por suerte, empecé a escribir otra cosa antes de “Comerás flores”. Mi deseo es retomarla sin pensar constantemente en todo lo que ha pasado con este libro, aunque sé que será difícil. Quiero escribir sin dar nada por sentado, porque esto no se va a repetir. Lo importante ahora es disfrutar del proceso.

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