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Eitan Horn, secuestrado por Hamás el 7-O: «Sufrí tortura física y adelgacé 64 kilos, pero la tortura mental es peor»

El 7 de octubre de 2023, Eitan Horn, de 39 años, fue a casa de su hermano Iair en el kibutz Nir Oz. Ambos fueron secuestrados por Hamás.

“47 Minutos: Imágenes sin censura del 7 de octubre” es un documental creado por las Fuerzas de Defensa de Israel a partir de material audiovisual recuperado tras los ataques de aquel día. Las imágenes provienen de cámaras GoPro y teléfonos móviles de los propios terroristas, además de material de cámaras de seguridad y otras fuentes encontradas sobre el terreno. Las imágenes son extremadamente gráficas y perturbadoras, por lo que las FDI establecieron un protocolo muy estricto para su visionado. Solo se proyecta en sesiones oficiales autorizadas, requiere la firma previa de un acuerdo de confidencialidad, y está prohibido entrar con teléfonos. Solo los testimonios de los rehenes liberados las igualan.

LA RAZÓN ha conversado con Eitan Horn, quien estuvo secuestrado dos años en los túneles subterráneos de Hamás en Gaza. Fue liberado el pasado 13 de octubre. Su hermano, en febrero.

Estuviste secuestrado junto a tu hermano. ¿Es eso una doble tortura?

Sin duda. Mucha gente piensa que el haber estado juntos nos sirvió, nos ayudó. Eso es cierto, pero la preocupación por el otro está siempre. Lo que más me costaba era pensar que si por algún motivo, el grupo terrorista Hamás decidía que ya no nos necesitan más vivos, ni él ni yo volveríamos con nuestra familia al estar los dos juntos. Separados, tal vez correríamos menos el riesgo de que algo nos sucediera a los dos. Por suerte, los dos pudimos sobrevivir y salir. Pero sí, en ese sentido fue muy difícil estar con mi hermano.

El 7 de octubre, en el momento que los terroristas entran en casa de tu hermano, donde tú estabas de visita. ¿Qué es lo primero que pensasteis?

Lamentablemente, en Israel estamos acostumbrados a una realidad que no debe ser la correcta. Aquel día sonaron, en menos de 20 minutos, más de 200, 300 alarmas antimisiles, y a los pocos minutos, empezamos a escuchar gritos en árabe: "Aláhu akbar” (“Dios es grande”); y tiros. Entonces entendimos que no era algo normal. Mi hermano y yo entramos al cuarto de seguridad y, en ese momento, a mí se me apagó el cerebro. Dejé de funcionar.

¿Te bloqueaste?

Me bloqueé. Me pasaban balas por al lado, pero yo realmente no entendía lo que estaba viviendo. Por suerte, mi hermano Iair pudo actuar y sostuvo la manija de la puerta para que los terroristas no entraran, hasta que, en un momento, no pudo sostener más la puerta y decidió soltar y que sea lo que Dios quiera. Entraron, se llevaron a Iair y a mí no. Después de unos minutos, regresaron y me capturaron a mí también.

Hablas de un cuarto de seguridad, Tenéis normalizado que las casas tengan un cuarto de seguridad.

Es como una habitación del pánico antibalas, antimisiles, pero no de tanta cercanía como los que atacaron el 7 de octubre. No todas las casas en Israel tienen un cuarto de seguridad, pero me imagino que después del 7 de octubre y de lo que pasó, y de lo que está pasando con Irán, lamentablemente no hay ninguna zona en Israel que esté 100% segura.

Una vez secuestrados, ¿cómo fue ese viaje hasta Gaza? ¿Qué te pasa por la cabeza?

Nos llevaron no solo terroristas de Hamás, sino también ciudadanos normales de Gaza, porque el que conducía el auto robado era un ciudadano de Gaza -los terroristas de Hamás llevaban la cara cubierta y las cintas-. En el trayecto yo pensaba todo el tiempo: “¿cuándo me van a matar?”. No entendía por qué me estaban secuestrando y todo el tiempo temía que no iban a querer matarme en el momento, sino que iban a querer torturarme mientras me mataban. Llegamos a la franja de Gaza en cuestión de minutos, porque Gaza está, más o menos, a un kilómetro y medio, y me metieron en un hospital, con una bandera bien grande y una placa que decía que ese hospital fue construido gracias a las donaciones de la UNRWA (Agencia de Naciones Unidas para la población refugiada de Palestina). Me hicieron unos estudios médicos, me preguntaron si estaba bien de salud, y me explicaron que nos secuestraron para liberar a los presos políticos que estaban en Israel. Nos dijeron que no nos preocupáramos, que nos iban a tratar muy bien y, que si era por ellos, en cuestión de uno o dos días se hacía el intercambio. “Gracias y discúlpennos”, dijeron.

No podíais ser consciente de la gravedad del atentado del 7 de octubre. ¿Cuándo supisteis de su magnitud?

Hasta que no salí, no entendí todo lo que hicieron. Lamentablemente, cuando salí, vi que algunos ciudadanos de Gaza habían entrado ese día también a Israel, que habían prendido fuego a las casas del kibutz, y que habían robado todo lo podían. Tuve que ver cuerpos de personas que conozco, asesinadas. Mi hermano vivió en Nir Oz diez años.

Al padre, a la madre y a los tres hijos menores de cinco años de la familia Simantom, cercana a mí, los prendieron fuego estando vivos. Es muy difícil para mí y lo será el resto de mi vida. Cuando me preguntan por el genocidio de Israel en la Franja de Gaza, me da mucha pena sentir que el 7 de octubre se haya olvidado tan rápidamente. Como he contado, a mí me tuvieron en un hospital al que la UNRWA donó dinero. Me llevaron a los túneles en una ambulancia de la UNRWA. Durante dos semanas me dieron leche donada por la ONU que venía de Sudáfrica, leche para niños desde recién nacidos hasta los seis meses. El genocidio es del grupo terrorista Hamás, que utilizó no solo de escudo humano a sus ciudadanos, sino que los dejó morir a propósito para poder filmar y salir en contra de Israel.

¿Cuánto tardaron en llevarte a los túneles?

Fue rápido. 10, 15 minutos. Hubo niños y personas mayores que estuvieron los dos meses en el hospital hasta que se hizo el primer intercambio, un hospital donde médicos, a pesar de su juramento, fueron parte de los hechos atroces que cometió Hamás. Pero a mí me llevaron rápidamente, en cuestión de minutos. Me llevaron a una casa donde había una entrada a los túneles.

Se ha escrito mucho sobre esos túneles de Hamás pero muy poca gente los ha visto. Tú has estado en ellos dos años. ¿Cómo son?

Lo que hay bajo tierra está construido y pensado hace muchísimo tiempo. Hay, de hecho, celdas. Todo esto estaba pensado ya hace muchos años y realmente la construcción bajo tierra en Gaza es más grande que la construcción que hay sobre tierra.

Más allá de la tortura mental, de estar muerto bajo tierra, sin saber cuándo es de noche o de día, si entramos en una cuestión técnica, son túneles muy angostos. Lo más alto que hay es un metro sesenta. Hay tramos en los que tuve que reptar para poder pasar de un túnel a otro. Dentro de los túneles construyeron habitaciones. Hubo momentos en los que estuvimos en las casas de los altos generales, casas con baño, con agua caliente, con cocina. Obviamente, esas cosas no eran para nosotros. Muchos otros momentos dormí en el suelo, al lado de ratas, cucarachas y cualquier tipo de enfermedad que te puedas imaginar. Condiciones infrahumanas.

¿No te dejaron ver la luz del sol en dos años? ¿Nunca te sacaron al exterior?

No, solo el primer día y el último me sacaron de los túneles.

¿Siempre te permitieron estar junto a tu hermano?

La realidad es que rápidamente descubrieron que Iair y yo éramos hermanos y nos unieron, pero ese encuentro fue filmado aunque no fue público. En un grupo terrorista, sus intenciones en nada de lo que hacen, son nunca 100% puras. Cuando digo que hubo momentos de buen trato, no es porque son buena gente y porque lo hacen de todo corazón.

¿Cómo era la comunicación que mantenían con vosotros? ¿Es todo el tiempo tortura física, psicológica, ordeno, obedeces? ¿hay momentos de relajación en los que son amables, en los que se produce el síndrome de Estocolmo?

Fueron dos años. Aunque suene raro, durante dos años nadie puede estar en un papel de actor (de un lado y del otro) y actuar 24/7 . Entonces, sí, por momentos podíamos hablar de fútbol, de religión, pero la tensión constante siempre estaba ahí. A fin de cuentas, son terroristas y yo estoy secuestrado. El no saber si dentro de un minuto vendrán y me ejecutarán porque cambiaron las órdenes, o si de repente diré una palabra que no gusta al que me cuida, era un miedo que siempre estaba ahí. Por un lado, no voy a mentir, había, por momentos, buena relación, buenos ratos, incluso risas, pero siempre estaban acompañados del miedo. No era un preso político en una cárcel normal. Durante meses comía medio pan y me daban de beber 250 mililitros de agua cada 24 horas. Si a veces te daban un poquito más de agua, te generaba una gratitud enorme.

La tortura por parte de Hamás fue psicológica y fue física.

Y sexual.

Cuéntame, llegando hasta donde tú quieras, cuál es el peor día que recuerdas de todo el cautiverio.

La peor tortura es la mental. La tortura física y la tortura sexual, a fin de cuentas, se transforma en tortura mental, porque tengo que vivir el resto de mi vida con lo que nos hicieron a mí y a los otros secuestrados.

El peor momento, y a la vez el más feliz de mi vida en esos dos años, fue cuando me separaron de mi hermano porque lo iban a liberar.

¿Tú sabías que lo iban a liberar?

Sí. Digo que fue el peor momento porque una semana antes nos contaron que dos de nuestro grupo iban a ser liberados y nos hicieron creer o entender que nosotros podíamos elegir quiénes iban a ser los dos que se salvarían. No voy a minimizar los golpes, o que me hicieran adelgazar 64 kilos, pero la violencia mental de tener que decidir quiénes son las dos personas que se salvan, fue más difícil.

¿Es peor para el que se queda o para el que se va?

Para el que se va, sin dudas, porque sabe en manos de quién te deja y en qué situación te deja, Y porque entiende, cuando sale, que el mundo está callado y no ayuda para solucionar y poner fin a esta guerra.

¿A qué se aferra uno para superar el miedo y el dolor? ¿Cómo se superan en ese día a día?

Te aferras a la esperanza de vivir. En el momento en que se pierden las esperanzas de vivir, estás terminado. Me aferraba en volver a salir, en volver a ver a mis sobrinos, a mis hermanos, a mis padres, en ser una mejor persona y cumplir los pequeños sueños, poder formar una familia. Me aferraba a poder decidir por mí mismo, a poder bañarme cuando quiera, a poder beber la cantidad de agua que quiera, a poder abrir un refrigerador, a poder escuchar el cantar de los pájaros, a poder tener zapatos, porque estuve dos años descalzo.

La primera vez que ves la luz del sol después de dos años, ¿cómo reacciona el cuerpo?

El cuerpo, hasta el día de hoy, se está acostumbrando y estoy teniendo distintas reacciones no muy buenas, pero la realidad es que, de entre todo lo que fantaseábamos pensando en el día en que fuéramos liberados, yo hasta ahora, de lo que más disfruto es de volver a ver a mi familia. Sí, es cierto: la primera vez que fui a la playa y vi el mar, me senté y lo contemplé, pero todo el tiempo, hasta el día de hoy, sigo pensando en que lo mejor es que volví a ver a mi familia.

¿Cómo estás ahora? ¿Qué secuelas tienes?

Físicas, por supuesto. Mientras estoy hablando contigo tengo un dolor de espalda que una persona normal no soportaría, pero yo ya estoy acostumbrado porque lo tengo hace más de dos años. Las secuelas mentales son las más difíciles. No duermo por la noche, me cuesta entender las cosas a nivel cognitivo por hablar tanto español como hebreo, inglés y portugués. También aprendí árabe y se me mezclan los idiomas. No me sale con tanta facilidad ningún idioma. Creo que las secuelas las tendré de por vida. Recién ahora estoy aprendiendo y descubriendo cuáles son realmente las secuelas, porque salí el 13 de octubre.

Me decías que te cuesta un poco distinguir todavía la realidad. Crees que vas a despertar en algún momento y que vas a seguir allí.

Lo cuento porque creo que el mundo tiene que saber lo que pasó. Espero que el día que realmente me dé cuenta y sea consciente de todo, pueda seguir estando fuerte mentalmente para poder seguir adelante y no ponerle fin a mi vida.

Durante el secuestro, tu hermano y tú estuvisteis o con más gente, ¿verdad?.

Siempre con más gente. Por suerte, desde el primer día. Todos con los que estuve en el grupo salieron con vida y con algunos tenemos contacto.

¿Cuándo y cómo te comunican que ibas a ser liberado?

Creo que fue de un miércoles para un jueves, a la madrugada, cuando Trump informó de que él decidió que se terminaba, que no le importaba lo que decidiera Netanyahu ni lo que decía Hamás. La realidad es que los terroristas de Hamás, y esto lo digo de verdad, nos avisaron muy contentos de que se había terminado la guerra.

¿Te lo creíste?

Al principio no, porque parte de la tortura mental a la que nos sometieron durante los dos años, fue decirnos muchas veces que nos iban a liberar. Pero cuando vi al terrorista llorando y diciéndome que esta vez era verdad, entendí que no mentía y también entendí que el mismo terrorista quería volver a su vida normal. Igual que yo, llevaba ahí dos años. Ninguno de los terroristas que forma parte de Hamás dirá esto públicamente porque los ejecutarían, pero créeme que, después de estos dos años, muchos terroristas que estaban a favor de Hamás querían que la guerra se terminara, no por culpa de Israel, sino porque Hamás destruyó lo poco y lo bueno que había dentro de la franja de Gaza. Así que sí, ellos, como yo, querían que ya se terminara la guerra y no podían entender cómo Hamás no aceptaba terminarla y seguía pidiendo cosas. Hamás cometió un genocidio contra su propio pueblo.

¿Se puede vivir sin rencor?

Tengo rencor. Pero el rencor no es venganza. Soy de los que creo que la muerte solo llama a la muerte.

¿Cómo era Eitan antes de todo esto?

Una persona alegre, divertida, que creía en la humanidad. Yo trabajaba en educación no formal. Espero poder seguir siendo la misma persona.

¿Qué queda de Eitan?

Espero que la esperanza.

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