Todavía quedan ingenieros en Berlín
Hay sentimientos que no se pueden explicar. Hay sensaciones que están agazapadas, en un recodo del camino, dispuestas a asaltar únicamente a quienes tengan el infortunio de toparse con ellas. ¿Qué pueden sentir los que se estén preparando hoy para acudir al funeral de Huelva, si alguien les recuerda que la muerte de su ser querido se va a traducir en una ayuda de 210.000 euros? La permuta resulta perturbadora, casi ofensiva. ¿De qué sirve un dinero con el que difícilmente podrías comprar un piso en La Merced? ¿Cuántos pisos? ¿Cuántos coches? ¿A cuánto va el kilo de ausencia? ¿Cómo se cuantifica lo que no tiene precio? ¿Cómo se compensan las vivencias que no serán vividas? Cuando a duras penas te estás vistiendo para acudir a un funeral que te golpea de lleno, esos pensamientos todavía ni se cruzan por tu mente. Imposible que lo hagan cuando el silencio de la ausencia es ensordecedor.
Hay heridas sabias, de las que aprendes, porque tú cometiste el error y te lo cobras en conocimiento. Es el pacto de escarmiento que hacemos con la vida. ¿Pero qué hacer con las heridas que te cayeron de la nada? Andando el tiempo, cuando descubras que en la silla vacía a la hora de comer solo hallarás un fajo de billetes con el membrete del BOE, el estómago se te revolverá. Es mentira que el dinero quite las penas. Sobre todo, cuando la pena te esperaba en un recodo del camino o en una vía de tren.
Hoy lo que se va a celebrar en Huelva es un funeral, con su Virgen de La Cinta. En Huelva siempre ha habido gente más roja que los tomates de Cartaya o los fresones de Lepe, pero el ánimo no estaba para el homenaje laico con el que el Gobierno pretendía desear a los fallecidos de Adamuz un buen viaje al Valhalla o lo que sea que se pretenda en los homenajes laicos «powered by» sanchismo.
Cuando el dolor te supera, te aferras a lo conocido y la protección de una virgen no te sobra aunque en tu vida no hayan sido muchas las ocasiones en las que buscaste su consuelo. La gente sencilla demanda sencillez cuando el desconsuelo aprieta.
A los miembros del Ejecutivo que este jueves acuden al funeral hay que desearles mejor suerte que la que tuvo Mazón en el acto organizado por el Gobierno de la Nación en Valencia. Los ejercicios de increpación siempre son desagradables; por el que recibe la reprimenda y por el que desparrama su tormento en público.
Dirán en Moncloa, en una de sus obsesiones de estos días, que la Dana no es comparable con Adamuz y tienen razón. Cada desgracia tiene su propia soberanía y no debe ser mancillada con comparativas de brocha política o periodística. Sin embargo, fue el Gobierno el que, desde el principio, estableció sutilmente esa misma comparación al querer presentarnos a Puente 2.0 como el ministro perfecto: modosito en las formas, servicial en la aceptación de entrevistas, paciente en la duración de las comparecencias. «Nosotros sí damos la cara», nos decían, en clara comparativa con lo que consideran no comparable. Sin embargo, el relato dura poco en casa del pobre (pobre en apoyos parlamentarios) y la investigación ha comenzado a arrojar indicios incómodos para el ministro.
Puente ha jugado a ser Illa en el tono, pero ha recordado a Ábalos en las explicaciones mutantes. Primero apuntó al tren, para no apuntar a la vía. Luego apuntó a la vía nueva, para no apuntar a la vía vieja. Después se metió a filólogo para darnos una explicación creativa sobre el significado de «integral». Y finalmente se ha visto en el callejón de la soldadura y las preguntas sobre el mantenimiento.
Al Puente 2.0 que despachaba datos y explicaciones, como los poetas reparten flores en la guerra, se le han quitado las ganas de transparencia al ver que el presidente de la CIAF ejerce su autonomía hablando en público y no entra al trapo de la neolengua monclovita: integral no es parcial y renovar no es revisar. Ignacio Barrón no es Félix Tezanos y, tarde o temprano, sabremos qué pasó en Adamuz y por qué 45 personas perdieron la vida por coger un tren en un país donde un vigilante de discoteca fue asesor de Renfe y su mujer trabajó en una empresa que suministraba balasto para las vías. Si una compañía tiene que pagar una mordida por hacer una obra, ¿ese coste se resta de su beneficio o de la calidad de la obra? ¿Tuvo algo que ver la presunta corrupción? ¿Fue desidia en las revisiones? ¿Simple mala suerte? En un país donde una delegación de Estados Unidos nos visitó en 2009 para estudiar nuestro AVE y descartó hacer lo mismo, ¿nos hemos echado encima una red de alta velocidad cuyo mantenimiento resulta demasiado oneroso? De momento son solo preguntas, pero esperemos que la celosa observancia de la CIAF ayude a despejar las principales incógnitas. El dinero nunca cubrirá una ausencia y los políticos no son lo mejor que tenemos, pero todavía quedan ingenieros en Berlín. Confiemos.