Sorpresa al descubrir el ingrediente que se usaba con fines médicos hace 1.900 años en la Antigua Roma
Una investigación arqueoquímica ha aportado la primera prueba física directa del uso medicinal de heces humanas en la Antigüedad, una práctica conocida por los textos clásicos pero hasta ahora difícil de confirmar con restos materiales. El hallazgo procede de un pequeño frasco romano sellado, datado hace unos 1.900 años, conservado en el Museo de Arqueología de Bergama.
El recipiente, un unguentarium de vidrio recuperado de una tumba en Pérgamo, conservaba en su interior restos sólidos de color marrón adheridos a las paredes. Aunque se han identificado trazas similares en otros recipientes romanos, este fue el único que preservó suficiente material como para permitir un análisis completo.
Cuando la medicina romana recurría a remedios extremos
Los investigadores extrajeron una pequeña muestra del interior del frasco y la analizaron mediante cromatografía de gases y espectrometría de masas, técnicas que permiten identificar con precisión la composición molecular de sustancias antiguas.
El análisis identificó biomarcadores estercorales que se generan en el sistema digestivo de animales que metabolizan colesterol. La proporción entre ambos compuestos apuntó con alta probabilidad a un origen humano, descartando que se tratase de restos animales o de contaminación posterior.
Junto a estos marcadores, los científicos detectaron carvacrol, uno de los principales componentes del aceite de tomillo. La presencia simultánea de materia fecal y sustancias aromáticas no se interpreta como accidental, sino como una estrategia deliberada para controlar el olor del preparado, un aspecto clave en la práctica médica antigua.
Estos resultados encajan con lo descrito en los tratados médicos de la época. Autores como Dioscórides y Plinio el Viejo ya mencionaban la combinación de ingredientes de olor desagradable con hierbas aromáticas para hacer los remedios más tolerables para los pacientes.
Esta tradición médica no era marginal. En el caso de Pérgamo, el hallazgo adquiere un valor añadido por su vinculación histórica con Galeno, quien describió de forma explícita tratamientos basados en excrementos para inflamaciones, infecciones y determinadas afecciones reproductivas.
Pérgamo fue uno de los principales centros médicos del Imperio romano durante los siglos II y III. En ese contexto, las fronteras entre medicina, higiene y cosmética eran difusas.
Los pequeños unguentaria, habituales tanto en enterramientos como en asentamientos, han sido interpretados durante décadas como simples envases de perfumes o aceites. Este estudio demuestra que algunos contenían mezclas terapéuticas complejas, elaboradas con un propósito médico concreto.
Los investigadores subrayan que las pruebas directas de este tipo de tratamientos son excepcionales, ya que los restos orgánicos se degradan con rapidez y, además, el rechazo cultural moderno hacia estas prácticas ha limitado su estudio durante décadas.