"La lucha": viaje por la Canarias sin vistas al mar
Se enciende la pantalla y escuchamos de repente una música folclórica de ritmo tamborilero, melancólico y ancestral. Quien la interpreta es Valentina la de Sabinosa, una de las figuras más aclamadas de la cultura melódica canaria y, particularmente, herreña. No será lo más conocido del archipiélago atlántico, pero el cineasta José Ángel Alayón no pretende mostrar en su cine la cara más reputada de su tierra. Más allá del vasto océano, las paradisíacas playas y los complejos hoteleros que causan disputas entre sus habitantes, existen unas islas con una identidad y tradiciones a conservar.
El arraigo, de todos modos, no tiene por qué venir exclusivamente de una propuesta coloquialmente asumida como culta, pues la banda sonora de su última cinta también contiene fragmentos de “Sin señal”, canción del que lleva siendo años su paisano más famoso, Quevedo.
“La lucha” es la segunda película del director, que retorna a los temas sociales tras en 2013 retratar en “Slimane” la vida de dos jóvenes tras cumplir los 18 años y ser expulsados del centro de menores donde vivían. En esta ocasión, la trama tiene un matiz más costumbrista, se centra en la lucha canaria, uno de los deportes autóctonos de la comunidad autónoma. Miguel es un reputado profesional de la disciplina, y su hija está siguiendo sus pasos. Sin embargo, acarrean el duelo de la pérdida, pues hace un año falleció la mujer y madre, respectivamente, de ambos, y también competidora.
En este retrato sobre la supervivencia, tanto humana como idiosincrática, la imagen que se proyecta de Fuerteventura, donde se localiza la acción, dista de la construida desde la península, pues en ninguna escena se atisba el mar, decisión narrativa de la que Alayón constata su intencionalidad. “Es un posicionamiento político y estético. En muchas pedanías las personas mayores no tienen relación con el mar. Además, cuando se es de una zona muy turística como Canarias, se tiende a la representación amable que los demás quieren ver, y no como realmente somos”, explica el realizador. La imagen bella y árida, tal como él la describe, que transmite la cámara corre a cargo de Mauro Herce, nominado al Goya a fotografía por su labor en “Sirât”.
Realismo ficcional
Siguiendo la estela de realismo ficcional que Alayón perpetúa, los protagonistas son debutantes. “Respeto mucho la lucha canaria, por lo que quería acercarme a ella cautelosamente”, indica el creador. Tomasín Padrón se pone en la piel del progenitor cuyos dolores corporales ponen a prueba poder seguir practicando. Fuera del guion, es uno de los luchadores canarios más conocidos en la región, y ostenta el título de puntal, la más alta distinción en el gremio. Tras más de tres décadas dedicando su tiempo y energía al deporte, admira la pasión que los canarios han profesado por su trabajo y se alegra de que la actividad se esté dando a conocer nacional e internacionalmente. Su descendiente en la ficción es Yazmina Estupiñán, a la que el papel le llegó inesperadamente, pues no entraba entre sus planes vitales la actuación. Incluso confiesa que casi abandona el proyecto días antes del comienzo del rodaje ante la presión que le evocaba.
Afortunadamente, esa acción no se consumó y el resultado es esta historia donde lo cotidiano aplasta cualquier idealización de un terreno que para más de dos millones de personas no es únicamente un “destino vacacional”. Si es posible hacer cine canario orgulloso de su tierra, Alayón reconoce que es complicado, pero es “su obligación”. “No hemos construido casi ficción sobre nosotros, pero tenemos una identidad fortísima”, se lamenta. Su filme nos concede un rayo de esperanza de que su cometido está un poco más cerca de hacerse real.