Un amigo muy querido me propuso un reto la Nochevieja pasada o, mejor dicho, un conjuro. No parpadear desde la quinta hasta la decimosegunda campanada, como señal de que entrábamos en el año con los ojos abiertos y la capacidad de asombro intacta. Me encantó la idea porque el asombro es fundamental para un escritor (quien lo pierde está muerto como creador). También porque, en un mundo donde los disparates son infinitos, es cada vez más difícil pasmarse por algo. Hay quien piensa que adaptarse es sobrevivir y que, si nos ha tocado una época en la que el pasmo es continuo, lo sensato es hacerse inmune al asombro. Yo, en cambio, pienso que normalizar el pasmo es arriesgado. 'Asombro' viene del...
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