Narrando el desencanto con ‘pericos y mariachis’, 50 años después este libro dice mucho de ‘jaguares’ y polarización
Carlos sale de su casa con el corazón bombeándole fervor hasta las puntas de sus pies, cuando en su nuca siente el frío metal que empuña su propio padre, bajo amenaza de matarlo. Pero eso está lejos de detenerlo.
La decisión ya está tomada: Carlos se irá a los cerros a combatir con las fuerzas de Pepe Figueres en contra de los Calderonistas, aunque entre esas filas se encuentre su papá.
En aquella escena que se narra en la novela histórica Final de calle (1978), el reconocido escritor Quince Duncan no solo plasmó la crudeza de la Guerra Civil de 1948, sino también la honda herida que se abrió en aquella Costa Rica.
Una herida que, al parecer, nunca sanó y de eso da fe el propio Duncan. Medio siglo después, en entrevista con La Nación, el autor escarba con agudeza en uno de sus libros más leídos. Su crítica reflexión da cuenta de la vigencia de esta obra, a la luz de los fantasmas que hoy parecen estar más vivos que nunca en la política y a las puertas de las elecciones nacionales de este 1.° de febrero.
Porque así como Carlos y su papá, miles tomaron las armas y se enfrentaron por cuarenta días para después, por generaciones, convertirse en “pericos” y “mariachis”. Y esas etiquetas, al igual que la descarnada guerra, fueron síntoma de una sociedad dividida hasta sus cimientos.
Tan solo un año antes era lo de “no le compre, no le venda”, luego la sangre y, para la posteridad, la polarización entre los hijos de una misma patria.
No es casualidad que esa época sea ampliamente descrita, por todo tipo de expertos, como la más polarizada en la historia costarricense.
Ocho décadas después, ese clima azota nuevamente, como si fuera un ciclo. Solo que además de pericos y mariachis, ahora se habla también de jaguares. Sin dudas, el odio va mutando motes, pero no se extingue.
Es por eso que vale la pena echar la vista atrás. En plano retrospectivo —además de toparse con rencillas añejas— también es posible encontrar el libro de Duncan, el cual muestra que el pasado puede lucir rostro fresco y decir mucho sobre el presente.
‘Final de calle’, el sentir de la generación del desencanto
Quince Duncan era el presidente de la Federación de Estudiantes de la UNA, en 1974, y más allá de su cargo, un muchacho que creía que podría hacer del mundo un lugar justo.
Por su parte, José Figueres Ferrer se encontraba de nuevo en el poder y entre el sólido asfalto del progreso que logró su movimiento, se colaba también la hierba mala del abandono al pueblo, la corrupción y el nepotismo.
Era abril. En las noticias se hablaba de presuntas intenciones del gobierno de ceder la Isla del Caño al capital extranjero para que la llenara de casinos e hiciera de esa maravilla natural algo así como una sucursal tropical de Las Vegas.
En ese contexto, Duncan y otros jóvenes gestionaron los permisos para protestar durante el desfile del 11 de abril, en Alajuela. Sin embargo, ni bien se empezaba la conmemoración en honor a Juan Santamaría, cuando las autoridades reprimieron con fuerza la movilización.
Tildados de “marihuanos” y “comunistas” (epítetos que todavía se recetan en la discusión pública), el grupo estudiantil acabó tras las rejas. Horas después, el escritor estaba en su celda cuando vio llegar entre llanto a uno de sus compañeros.
“Ya lo traían del hospital con la mano enyesada, y ese muchacho se soltó a llorar. No por lo que le pasó, sino por la razón”, rememoró el artista, autor de más de 50 publicaciones.
“Él decía: ‘Mi papá fue a los cerros a luchar contra los Tavío —que era un policía brutal que había en ese tiempo— para que todo esto no volviera a pasar, para defender la libertad de expresión y que pudiéramos manifestarnos como quisiéramos”, agregó.
El testimonio de ese joven agredido por la policía, cuyo padre (al igual que Carlos en la novela) había combatido como figuerista, ilusionado con un futuro en el que no se dieran abusos, trastocó la conciencia de Duncan.
A partir de ahí emprendió un exhaustivo proceso de investigación que incluyó entrevistas con decenas de familias que vivieron en carne propia la guerra del 48 y con eso hiló un relato cautivante que se convirtió en obra cumbre de lo que se llamó la ‘Generación del desencanto’.
En el texto, además de repasar el conflicto armado, se narra el descontento con el devenir de la socialdemocracia.
“Después de la guerra se formaron esos dos bandos, ahora sí, totalmente enfrentados. O usted es mariachi, o de los figueristas, perico. Y en el contexto de esa novela, los que estábamos en el bando perico, porque yo me crié con socialdemocracia en la escuela, pues los maestros lo que le metían a uno era eso”, explicó.
“No decían vote por Liberación, pero era socialdemocracia noche y día. Y de verdad creíamos en eso, pero comenzamos a observar una serie de cosas que ya no iban; como que el proyecto país que esta gente tenía se comenzó a desmoronar”, detalló.
Un descontento a la deriva, ganancia de autoritarios
Actualmente, el descontento con la institucionalidad sigue latente, pero a la deriva. Ya no se trata, asegura el escritor y activista afro, de sanear lo corrupto o proponer una alternativa; sino simple y llanamente de destruir al sistema. Y eso, advierte, tiene el riesgo de ser capitalizado por malas manos que logren posicionarse como outsiders.
“El problema ahora es que hay una gente, aprovechándose de la indignación y la desilusión, haciendo nada. Porque uno coge las promesas que se han hecho en este gobierno actual y los somete a un análisis y lo que uno encuentra son excusas, que la Contraloría, que la Asamblea...”, comentó.
Además, la memoria histórica pareciera estar secuestrada y a merced de la narrativa que se desee imponer.
Porque aunque ha abanderado críticas contra los errores del bipartidismo, Duncan reconoce que sería mezquino no comprender que si los padres de su generación se identificaban tanto con el sistema, era porque veían en su presente los frutos.
“Cuando oigo a gente como el presidente diciendo que aquí en 50 años no se ha hecho nada... Bueno, tengo 85 años, él era un bebé cuando yo andaba por aquí. No había nacido (Chaves) y recuerdo en San José muchas calles de tierra o lastre, y a la gente descalza", comentó.
“Recuerdo a los profesores enseñando higiene bucal, campañas para que la gente usara zapatos. Recuerdo los problemas de salud y las grandes cosas que vinieron con las vacunas. Tengo en la familia una persona que tuvo la polio y quedó discapacitado: yo trabajé en la lucha antituberculosa. Entonces, yo veo que el sistema permitió el ascenso social de la gente”, añadió.
Por otro lado, reflexiona el autor, el sistema político se vio afectado por los vertiginosos cambios que sacudieron el mundo. Si bien, en parte se perdió la visión del país, también, los problemas de la población son cada día más complejos.
Mientras que en algún momento ver asfaltada la calle o que llegara el alumbrado eléctrico al barrio era motivo de alegría y signo de progreso; todos esos titánicos avances hoy ya se dan por sentado para la mayoría.
“Las necesidades son más avanzadas y estos sistemas no. Entonces la gente dice: ‘Sí, esos tal por cuáles son unos ladrones, son los que no permitieron alcanzar las metas que yo tengo’. La verdad es que esa gente (la de los gobiernos pasados) hizo mucho bien por este país, que después el movimiento se corrompió, es cierto. Y se echó mucho a perder. Todo eso es verdad”, afirmó el novelista y ensayista limonense.
——Justo que conversamos sobre una novela histórica, ¿cree que hoy calan mensajes como que en todo este tiempo ‘no se hizo nada’, por carencias en transmitir la historia?
Dice Marcus Garvey, el gran líder afro: ‘Un pueblo sin historia, es como un árbol sin raíz’. Si usted no sabe de dónde viene, difícil que sepa para dónde va.
“Escuché a un profesor explicando que Figueres fue el que liberó los esclavos en este país, en 1948. Y resulta que desde 1824 la Federación Centroamericana liberó a los esclavizados en todo Centroamérica. Me he quedado asombrado a veces hablando con alguna gente”.
—¿Qué ha fallado?
“El sistema tiene tres instrumentos para mantener dentro a la gente. Uno es la religión, desde el púlpito, el cura o el pastor (que ahora resulta que también le dicen a uno por quién votar) dictan qué es el estado perfecto y qué hay que creer o no creer. El segundo son los abogados que se encargan de defender a como sea el sistema legal y el tercero son los educadores.
“Pero, no hubo realmente un esfuerzo por enseñar el cuarto instrumento, que es la historia. Porque cada vez que se intentaba (en el MEP), el otro bando protestaba porque ‘están adoctrinando’. Y cuando cambiaba, entonces estos tampoco lo permitían”.
—Figueres fue exiliado por sus denuncias; luego en un gobierno de él a ustedes los reprimieron... ¿Le ha faltado al poder saber convivir con el disenso? ¿Eso ha contribuido a la bola de nieve que nos tiene aquí?
Volvemos al problema de la educación. Esa clase política tampoco se educó. No hay una formación global en humanidades.
“Yo entiendo a los que tienen miedo. Recuerdo que mi hija una vez me dijo: ‘Papi, si usted pudiera callarse la boca, a lo mejor usted sería embajador en Francia y ahí estaríamos’. Y le dije: ‘Mira quién habla’, porque ella es la más peleona de la familia y la verdad es que ella no se ha callado (risas).
Pero eso es un poco lo que pasa. Nosotros nos la jugábamos. Éramos ‘comunistas’, supuestamente, yo nunca fui comunista ni nada. Pero así nos descalificaban; y nos arriesgábamos”.
—En el libro se narra una ruptura sistemática de las generaciones nuevas, pero ahora el movimiento disrruptivo (el chavismo) tiene su gran base de apoyo en personas de más de 40 años, ¿cómo se explica esa particularidad?
Si tuviera que responder, no lo haría a menos de que me pagaran 1 millón, pero no tengo la respuesta del millón. Porque mucha de esa gente pudo llegar a donde llegaron gracias a esa Costa Rica que crearon sus abuelos y papás; gracias a la creación de ese Estado, a esa visión país que hubo.
“Entonces, verlos ahora renegando de todo eso... Carajo, ¿odia la universidad? Pues usted se graduó de ahí. Casi no pagaste nada, saliste adelante y sos profesional. ¿Cómo es posible que ahora tenés el, no sé cómo llamarlo, lujo de decir que en este país no se ha hecho nada y todo está malo? Es muy difícil entender eso”.
La novela de Duncan cierra con Carlos derrotado ante la realidad que se tuerce contra él, viendo cómo ninguno de esos con los que partió hacia los cerros, soñando un país mejor, responde por su hijo garroteado sin motivos:
“Entre tu patio y la rotonda se alza un muro que tendrías que romper. Tendrías que romper el muro, o devolverte, confesando que todo lo andado esta noche, todas estas horas caminadas te han conducido aquí, al final de calle”.
Hoy, para el escritor, Costa Rica llega de nuevo a un final de calle, que esta vez le preocupa todavía más.
“Ahora no hay ninguna propuesta; hay un precipicio. Y esta polarización va ir terriblemente en aumento si gana el oficialismo. No quiero ni pensar en los próximos años”, aseguró con pesar Duncan.
“Es que, qué tristeza. Ni siquiera puedo recomendar que oremos, porque yo creo que eso no va a ser suficiente”, concluyó.