Paco y Pedro no se han podido poner de acuerdo en la estimación de cómo ha subido el Guadalquivir . Entre sus casas puede haber unos 500 metros por calles iguales y están en distintas urbanizaciones. Los dos, sin embargo, coinciden en que a lo largo de la tarde de este martes el río había subido unos cincuenta centímetros . Paco había estado por la mañana y a las cinco de la tarde, cuando ha amainado el poco chispeo , dice que sí, que el agua habrá subido unos cincuenta centímetros. Camina con botas de agua sin miedo a resbalar por el barro y tiene claro que por ahora no hay que temer demasiado del Guadalquivir. «Las alertas más graves son por Cádiz , por el sur. Nosotros tenemos que tener miedo de lo que llegue de Jaén », dice mientras señala a los más de dos metros que hay entre el agua el camino que conduce hasta las parcelaciones de Guadalvalle , que es donde vive. La misma cifra, los cincuenta centímetros, es la que da Pedro Vega , que tiene casa en la zona de San Isidro de Alameda, entre el aeropuerto y el cauce del viejo Betis, y que al pasar por el Puente de Andalucía se fija en el pescódromo y ve que el río ha subido hasta el camino, un poco por encima de su cauce. Esos cincuenta centímetros son la diferencia entre uno y otro momento del día a las cinco de la tarde, cuando empieza a cundir la alarma. Se empieza ya a saber que se teme que el río se desborde con las lluvias que tienen que empezar a llegar unas horas más tarde y los vecinos de las parcelaciones lo ven de distinta forma. Entre el miedo, los menos, y la expectativa, los demás. Entre Altea y Guadalvalle, María del Carmen Carrillo está a punto de dejar su casa. Su hija y su yerno viven en Adamuz y quieren que se vaya con ellos hasta que pase la amenaza de que la lluvia vuelva a provocar una gran crecida del Guadalquivir. Es algo que le crea desasosiego, pero entienden que es lo mejor. «La riada anterior llegó hasta el techo de la casa. Lo perdimos todo», cuenta. Llegó allí con su marido, ya fallecido, y tuvieron que reconstruir su casa después de las graves inundaciones que se causaron entre las fuertes lluvias de 2010 y el ritmo de los desembalses. En la casa de al lado está José Molina , que hace poco ha invertido su dinero en ella y que trabaja mientras mira con inquietud al cielo y escucha el rumor del Guadalquivir que baja al suroeste. Los que viven en Guadalvalle se tratan como vecinos y cualquiera diría que su punto de encuentro es el lugar desde el que se aprecia una larga perspectiva del río. «Tiene que caer mucha agua más para que el Guadalquivir rebose», avisa Paco, que sonríe y no parece temer que, esta vez, vaya a sufrir un disgusto. Allí el transcurso de los años parece partido por lo que sucedió en 2010, cuando el agua llegó por las calles, destrozó muebles y dejó marcas muy altas en la casa. «Sólo hay alerta amarilla y faltan unos cuatro metros para que suba. Y toda este agua que se ve aquí no se queda, sino que va hacía abajo», dice mirando al caudal que viaja Sanlúcar de Barrameda . Cuando habla de desbordamiento piensa en Jaén, en la lluvia que caiga en esa provincia y en los desembalses que lleguen de allí, sobre todo el de Tranco de Beas . Por ahora su sonrisa y la de su mujer, Chelo, dicen que no temen demasiado. «A mis 72 años, no tengo miedo», resume. Tampoco Trinidad García , que lo perdió todo en la anterior riada, y que vive siempre cerca del río, porque su otra casa está junto a la Calahorra y allí sabe que el Guadalquivir está alto cuando no se puede pasar bajo el Puente Romano ni llegar a la altura de los molinos, como sucede la mayor parte del año. Incluso el pasado enero ha estado el río más alto que en estos días en que Andalucía vive presa del pánico . Señala a un grupo de árboles de los que apenas se ven las ramas altas, en el centro del cauce. En tiempo seco, casi se puede cruzar andando hasta un islote, pero ahora la tierra no se ve. En esa tierra han crecido árboles que hoy casi están tapados. «¿Ve esa rama tan alta? En las últimas semanas estuvo tapada y son unos dos metros. Ahora tendría que taparla de nuevo y subir hasta aquí», dice. Todos los vecinos coinciden en que fue la Confederación Hidrográfica del Guadalquivir la que no hizo la gestión adecuada en 2010 para evitar lo que fue una inundación histórica. Ahora no se sienten amenazados. La urbanización San Isidro de Alameda está unos pocos cientos de metros aguas arriba y allí tiene su casa Pedro Vega, el que ofrece el dato de los 50 centímetros observando el río en la zona del Puente de Andalucía. No tuvo indemnización por lo que sucedió en el año 2010, pero también recuerda que el Guadalquivir subió mucho en el invierno pasado, que fue muy lluvioso. «Creo que llegó a estar a un metro y pico, pero no pasó», dice, mientras mira al Guadalquivir a través de un camino que pertenece a la Confederación, y que tiene todavía el agua a unos cuantos metros. En aquel momento hubo incluso que subir los muebles a lo alto para evitar daños si el agua llegaba a entrar a la casa. Ante el temor a los efectos de la lluvia, el Ayuntamiento de Córdoba ha dispuesto tres puntos informativos a cargo de la Policía Local para quienes tengan su casa más cerca del Guadalquivir. Uno está en Majaneque , otro en Alcolea y otro en la glorieta que conduce al aeropuerto y a las urbanizaciones que están más próximas al cauce. Un coche y varios agentes, junto con un pequeño techado, dan allí fe de que les pueden informar. «Estamos a la expectativa de lo que pueda ir surgiendo. Todo irá en función de la lluvia y de la hora a la que empiece, pero por ahora estamos ofreciendo información si alguna persona nos pregunta», cuenta uno de los agentes. La gente les pregunta por las medidas y todavía no hay ninguna y la situación es de normalidad completa. El agente es consciente de que el Guadalquivir puede subir, pero la patrulla por ahora sólo está para informar. Por ahora al río sólo llega mucha agua y no sangre .