Podría uno sumirse en el insondable hastío que sentía Brecht cuando debía explicar lo obvio; o podría, iracundo como tertuliano de cuota, parafrasear a Bill Clinton: «Es la Fe, estúpidos». Las pendencias internas desvirtúan el sentido de las cofradías, donde se olvida con demasiada frecuencia que la profesión de la religión católica comporta obligaciones en el comportamiento. ¿De verdad se siguen llamando «hermanos» unos a otros, sin caérseles la cara de vergüenza, esta recua de revanchistas, rencorosos y vengadores preñados de odio? ¿Alguno cree de verdad en lo que representa el Cristo en la Cruz y en su infinita Misericordia? La intrahistoria de cada hermandad alberga un puñado de querellas, algunas de las cuales degeneraron en broncas legendarias. Esto es...
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