Mata a su expareja y lo que le confiesa a la policía es tan absurdo que cuesta creerlo
La madrugada del 30 de mayo del año pasado, la policía de Oxford recibió una llamada que, según los propios operadores, resultó tan confusa como perturbadora. Al otro lado de la línea estaba Robert Richens, de 35 años, quien entre sollozos afirmó: “No vas a creer esto. Creo que maté a alguien accidentalmente”.
Minutos después, los agentes acudieron a su domicilio y encontraron el cuerpo sin vida de Rachael Vaughan, de 40 años, su expareja.
Richens fue detenido en el acto. Durante el traslado a comisaría, lejos de mostrar preocupación por su situación, sorprendió a los agentes con un comentario que más tarde se convertiría en titular: aseguró que lo que más lamentaba era que “se perdería el lanzamiento del nuevo Grand Theft Auto”. Cuando un oficial le respondió que aún faltaba mucho para su estreno, Richens contestó que probablemente estaría en prisión de por vida.
Un crimen brutal marcado por una confesión tan absurda como escalofriante
La investigación reveló que el hombre había acudido dos veces al domicilio de Vaughan en las semanas previas, pese a que la relación había terminado de forma conflictiva.
La noche del crimen, según la fiscalía, se produjo una discusión que terminó en un ataque mortal. Richens, sin embargo, insistió en que “no quiso hacerlo” y que todo fue “un accidente”.
El tribunal no aceptó su versión. Los informes forenses mostraron lesiones incompatibles con un incidente fortuito y la jueza calificó su comportamiento posterior como “frío y egoísta”. Durante el juicio, Richens reconoció que no intentó pedir ayuda médica para Vaughan y que solo llamó a la policía cuando “no sabía qué más hacer”.
El pasado diciembre, se declaró culpable de asesinato, y esta semana el Tribunal de la Corona de Oxford lo condenó a cadena perpetua, con un mínimo de 16 años y un mes antes de poder solicitar libertad condicional.
El inspector jefe Stuart May, responsable del caso, lamentó la brutalidad del crimen: “A Rachael le arrebataron la vida en el lugar donde debería haberse sentido más segura: su propia casa. Richens actuó con absoluta indiferencia”.