Me casaba hora y pico después. Al salir del ascensor camino de la calle, en el vestíbulo de aquel hotel almeriense encabezaba conversaciones con algunos de los invitados que partían en ese momento al templo. Al verme desde el fondo del hall, se acercó raudo y con su permanente sonrisa de solvencia para pararme unos segundos. «Deja que te haga bien el nudo, anda». Con dos o tres ágiles movimientos, me ató la corbata, que quedó perfecta, con su radiante celeste. Lo hizo con la actitud de un padre cuando busca que su hijo, hecho ya hombre, luzca incluso mejor que él. La escena fue y es un verdadero símbolo de lo que ha supuesto ese hombre para mí. El...
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